Los Experimentos de la CIA:extraído del libro de Naomi Klein “la doctrina del shock”–borrados de memoria,control de la mente,etc…

por Naomi Klein

2008

extraído de “La Doctrina del Shock”

del Sitio Web Moncadista

Os exprimiremos hasta la saciedad, y luego os
llenaremos con nuestra propia esencia.
GEORGE ORWELL

1984

La Revolución Industrial sólo fue el principio de la revolución más extrema y radical que jamás inflamó la mente de los sectarios, pero los problemas se podían solucionar, con una cantidad ilimitada de bienes materiales.
KARL POLANYI

La gran transformación

EL LABORATORIO DE LA TORTURA

Ewen Cameron, la CIA y la maníaca obsesión por erradicar y recrear la mente humana Sus mentes son como tablas rasas sobre las que nosotros podemos escribir.
DOCTOR CYRIL J. C. KENNEDY y DOCTOR DAVID ANCHEL
Sobre los beneficios de la terapia de electroshocks, 1948 1

Fui al matadero para observar lo que llamaban “matanza eléctrica” y vi que fijaban grandes tenazas metálicas en las sienes de los cerdos, cuyos extremos estaban conectados a una corriente eléctrica de 125 voltios.

En cuanto los cerdos tocaban las tenazas, caían inconscientes, se ponían rígidos y al cabo de unos segundos empezaban a convulsionarse como hacían nuestros perros cobayas.

Durante este período de inconsciencia (coma epiléptico) el carnicero mataba y sangraba a los animales sin dificultad alguna.
UGO CERLETTI

psiquiatra, acerca de su “invención” de la terapia de electroshock, en 1954 2

“Ya no hablo con periodistas”, dijo la voz tensa que se oía al otro lado del hilo telefónico. Y luego una diminuta ventana de esperanza: “¿Qué quiere?”.

Me doy cuenta de que tengo unos veinte segundos para convencerla, y no será fácil. ¿Cómo puedo explicarle a Gail Kastner lo que quiero de ella, el viaje que me ha llevado a llamar a su puerta?

La verdad suena tan extraña:

“Estoy escribiendo un libro sobre el shock. Y sobre los países que sufren shocks: guerras, atentados terroristas, golpes de Estado y desastres naturales. Luego, de cómo vuelven a ser víctimas del shock a manos de las empresas y los políticos que explotan el miedo y la desorientación frutos del primer shock para implantar una terapia de shock económica.

Después, cuando la gente se atreve a resistirse a estas medidas políticas se les aplica un tercer shock si es necesario, mediante acciones policiales, intervenciones militares e interrogatorios en prisión. Quiero hablar con usted porque creo que es una de las personas que ha sobrevivido al mayor número de shocks.

Usted fue víctima de los experimentos clandestinos de la CIA con electroshocks y otras “técnicas especiales de interrogatorio”.

Y por cierto, creo que los frutos de las investigaciones para las cuales usted fue una cobaya humana se están utilizando con los prisioneros de Guantánamo y Abu Ghraib”.

No, desde luego que no puedo decirle eso.

Así que me limito a contestar:

“Hace poco estuve en Irak, y trato de entender el papel que juega allí la tortura. Nos dicen que se trata de obtener información, pero creo que es más que eso. Estoy convencida de que están intentando construir un Estado modélico, borrando las mentes y los cuerpos de las personas y volviéndolos a crear desde cero”.

Hay una larga pausa, y luego el tono de voz de la respuesta es distinto.

Tenso aún, pero ¿ligeramente aliviado?

“Lo que acaba de decir es exactamente lo mismo que la CIA y Ewen Cameron me hicieron a mí. Trataron de borrarme y volver a crearme. Pero no funcionó”.

En menos de veinticuatro horas, estoy frente a la puerta del apartamento de Gail Kastner, en un edificio gris y antiguo en Montreal.

“Está abierto”, dice con una voz apenas audible.

Gail me había advertido que quitaría el cerrojo de la puerta porque le cuesta levantarse.

Son las pequeñas fracturas de su espina dorsal, que se vuelven más dolorosas a medida que la artritis se extiende por su cuerpo. El dolor de espalda es sólo uno de los recuerdos de las sesenta y tres veces que descargaron entre 150 y 200 voltios de electricidad en los lóbulos frontales de su cerebro, mientras su cuerpo se convulsionaba violentamente encima de la camilla, causándole diminutas fracturas, roturas de ligamentos, mordeduras en los labios y dientes rotos.

Gail me saluda desde un sillón acolchado de color azul.

Tiene más de veinte posiciones, me dice más tarde, y las ajusta continuamente, como un fotógrafo que trata de enfocar la imagen. Pasa los días echada en ese sillón reclinable, buscando la imposible comodidad, esforzándose por no dormirse y caer en lo que ella llama “sus sueños eléctricos”.

Entonces es cuando vuelve a verle: “él”, doctor Ewen Cameron, el psiquiatra fallecido ya que le administraba las descargas, así como otras torturas, hace tantos años.

“El Monstruo Eminente me visitó dos veces la noche pasada”, anuncia en cuanto entro en el salón. “No quiero que se sienta mal, pero es a causa de su repentina llamada, de sopetón, y todas esas preguntas.”

Me doy cuenta de que mi presencia posiblemente es muy injusta para ella.

Esa sensación se afianza en mi interior cuando echo un vistazo al apartamento y me doy cuenta de que físicamente apenas hay lugar para mí. Toda superficie disponible está repleta de torres y montones de papeles y libros, todos marcados con pequeños pedacitos de papel amarillentos. Gail me indica el único espacio libre de la habitación, una silla de madera que había pasado por alto, pero se pone un poco nerviosa cuando le pregunto dónde puedo depositar la grabadora, un objeto que sólo ocupa unos centímetros.

Ni pensar en la mesita al lado de su sillón: veinte paquetes vacíos de cigarrillos, Matinée Regular, están colocados formando una pirámide perfecta. (Gail me había advertido por teléfono acerca de su condición de fumadora empedernida: “Lo siento, pero fumo. Y como fatal. Estoy gorda y fumo. Espero que no le importe”.)

Parece que Gail ha pintado el interior de las cajetillas de negro, pero al acercarme más me doy cuenta de que se trata de una diminuta y apretada letra manuscrita: nombres, números, miles de palabras.

Durante el día que pasamos juntas, Gail a menudo se inclina hacia delante para garrapatear algo en un trozo de papel o en un paquete de cigarrillos:

“Una nota mental – explica – o jamás me acordaré”.

Para ella, los montoncitos de papel y cajetillas son algo más que un sistema poco convencional de archivos. Son toda su memoria.

Durante toda su vida adulta, la mente de Gail le ha fallado. Los hechos se evaporan inmediatamente de su cabeza, y los recuerdos, si es que permanecen (muchos no lo hacen), son como instantáneas esparcidas por el suelo.

A veces es capaz de recordar un incidente a la perfección – lo llama “fragmento de memoria” – pero cuando le preguntan por una fecha, puede llegar a equivocarse por dos décadas de diferencia.

“En 1968”, empieza. “No, en 1983.”

De modo que hace listas de todo y lo apunta todo. Pruebas de que su vida realmente ha ocurrido. Al principio se disculpa por el desorden.

Pero más tarde exclama:

“¡El me hizo esto! Este apartamento es parte de su tortura”.

Durante varios años, a Gail la desconcertaban mucho sus lagunas memorísticas, así como otros detalles.

Por ejemplo, no sabía la razón por la cual un pequeño destello eléctrico de la puerta del garaje le provocaba un ataque de pánico incontrolable. O por qué le temblaban las manos cuando enchufaba el secador de pelo. Sobre todo, no entendía por qué recordaba la mayor parte de su vida adulta pero casi nada antes de los veinte años.

Cuando se encontraba con gente que decía haberla conocido en su niñez, decía:

“Sé quién eres pero no sé de qué te conozco”.

“Mentía”, dice.

Gail creía que formaba parte de su cuadro médico: una frágil salud mental.

Durante su juventud, había sufrido depresiones y adicción a los medicamentos, y a veces tenía crisis nerviosas tan violentas que terminaba hospitalizada y en coma. Estos episodios la alejaron de su familia, y se quedó sola y desesperada. Terminó rebuscando comida en la basura de las tiendas de alimentación.

Había señales de que Gail había sido víctima de algo aún más traumático en el pasado.

Antes de que su familia la abandonara, Gail y su hermana gemela solían discutir sobre la época en que Gail había estado gravemente enferma y Zella la había cuidado.

“No tienes ni idea de lo que pasé”, se quejaba Zella. “Te orinabas encima, en medio del salón, te chupabas el dedo y parloteabas como una cría. ¡Querías el biberón de mi bebé! Eso es lo que tuve que pasar”.

Gail no sabía qué contestar a las recriminaciones de su gemela.

¿Orinar en el salón? ¿Pedir el biberón de su sobrino? No recordaba ni por asomo haber hecho esas cosas tan extrañas.

Cuando tenía unos cuarenta años, Gail empezó una relación con un hombre llamado Jacob, al que describe como su alma gemela. Jacob era un superviviente del Holocausto, y también le interesaban las cuestiones de memoria y pérdida de identidad.

A Jacob, que murió hace más de una década, le preocupaban mucho los años perdidos de Gail.

“Tiene que haber una razón”, solía decir acerca de los períodos vacíos de su vida. “Tiene que haber una razón.”

En 1992, Gail y Jacob se detuvieron frente a un quiosco que exhibía un titular sensacionalista:

“Lavado de cerebro: las víctimas recibirán compensaciones”.

Kastner empezó a leer el artículo por encima, y varias expresiones le llamaron inmediatamente la atención:

“parloteo de bebé”, “pérdida de memoria”, “incontinencia urinaria”.

“Vamos a comprar el periódico”, dijo Jacob.

En un café cercano, la pareja leyó la increíble historia de cómo, en la década de los cincuenta, la CIA había financiado a un médico en Montreal para que realizara extraños experimentos en los pacientes psiquiátricos.

Les privaba de sueño y los aislaba durante semanas, y luego les administraba altas dosis de electroshocks, así como cócteles de drogas experimentales como el psicodélico LSD y el alucinógeno PCP (fenciclidina), conocido más comúnmente como polvo de ángel. Los experimentos transportaban a los pacientes a estados preverbales e infantiles, y se habían realizado en el Alian Memorial Institute de la Universidad McGill, bajo la supervisión de su director, el doctor Ewen Cameron.

La financiación de la CIA se descubrió a finales de los años setenta gracias a una solicitud amparada por la Freedom of Information Act, que dio lugar a varias sesiones en el Senado de los Estados Unidos.

Nueve antiguos pacientes de Cameron se unieron y demandaron a la CIA y al gobierno canadiense, que también había aportado dinero para las investigaciones de Cameron. Durante varios juicios, los abogados de los pacientes argumentaron que los experimentos violaban todos los estándares profesionales de ética médica.

Los enfermos iban a Cameron en busca de alivio a causa de ligeros trastornos mentales de poca importancia (depresión posparto, ansiedad, incluso terapia de parejas) y fueron utilizados, sin su conocimiento o consentimiento, como cobayas humanas para satisfacer la sed de información de la CIA acerca de las técnicas de control mental.

En 1988, la CIA se avino a pagar daños y perjuicios, por la suma de 750.000 dólares para los nueve demandantes. Fue la cifra más alta jamás pagada por la agencia hasta la fecha. Cuatro años después, el gobierno de Canadá se avino a pagar otros 100.000 dólares a cada demandante que fue objeto de los experimentos ilegales.3

Cameron desempeñó un papel clave en el desarrollo de las técnicas de tortura contemporáneas de los Estados Unidos.

Sus experimentos también nos ofrecen un claro ejemplo de la lógica subyacente en el capitalismo del desastre. Al igual que los economistas defensores del libre mercado, que están convencidos de que sólo mediante un desastre de enormes proporciones – una gran destrucción – se puede preparar el terreno para sus “reformas”, Cameron creía que podía recrear mentes que no funcionaban, y reconstruir personalidades sobre esa ansiada tabla rasa, si infligía dolor y traumatizaba el cerebro de sus pacientes.

Gail conocía vagamente la historia que implicaba a la CIA y a la Universidad McGill, pero jamás le había prestado atención. Ella nunca había tenido nada que ver con el Alian Memorial Institute.

Pero ahora, sentada con Jacob en ese café, leyendo las palabras de los otros pacientes – “pérdida de memoria”, “regresión” – no dudó.

“Comprendí que esas personas debieron de pasar por lo mismo que yo había pasado.”

Dije:

“Jacob, ahí está la razón”.

EN LA TIENDA DEL SHOCK
Kastner escribió al Alian Memorial Institute y solicitó su historial médico.

Primero le dijeron que no tenían ninguno. Finalmente lo logró: 138 páginas. El doctor que la había ingresado era Ewen Cameron. Las cartas, notas y cuadros médicos del expediente de Gail cuentan una historia desgarradora: la de una joven de dieciocho años durante los años cincuenta, y sus limitadas opciones, y la de las instituciones públicas y médicos que abusaron de su poder.

La documentación empieza con el diagnóstico del doctor Cameron con motivo del ingreso de Gail: estudiante de enfermería en McGill, Gail saca excelentes notas, y Cameron la describe como,

“hasta ahora, un individuo razonablemente bien equilibrado”.

Sin embargo, sufre episodios de ansiedad causados, según dictamina claramente Cameron, por su padre, que la maltrata y que es descrito como un “hombre intensamente perturbador” que la “ataca psicológicamente en repetidas ocasiones”.

Gail causó buena impresión entre las enfermeras, según las entradas manuscritas de éstas en el historial, pues compartían vínculos ya que la chica estudiaba enfermería. La describen como “alegre, sociable y simpática”.

Pero durante los meses que pasó bajo su cuidado, Gail sufrió una transformación radical en su personalidad, meticulosamente documentada en el archivo: al cabo de unas semanas,

“mostraba un comportamiento infantil, expresaba ideas extrañas y aparentemente estaba en estado de alucinación [sic] y era destructiva”.

Las notas indican que esta joven de inteligencia normal apenas llegaba a contar hasta seis.

Luego se volvió “manipuladora, hostil y muy agresiva”. Finalmente, “pasiva y apática”, incapaz de reconocer a los miembros de su propia familia.

El diagnóstico final es de,

“esquizofrenia […] con claros rasgos histéricos”,

…un cuadro mucho más serio que la ligera “ansiedad” que sufría cuando fue ingresada.

Sin duda la metamorfosis tenía algo que ver con los tratamientos que también constan en el expediente médico de Gail Kastner:

altas dosis de insulina, que le inducían múltiples comas

extrañas combinaciones de ansiolíticos y antidepresivos

largos períodos en los que permanecía en estado de inconsciencia inducida merced a los calmantes

una cantidad de electroshocks ocho veces superior a la media que se solía administrar en la época

A menudo las enfermeras consignan los intentos de Kastner de escapar de sus médicos:

“Trata de huir, […] afirma que el tratamiento es erróneo y nocivo. […] Se niega a recibir su electro después de recibir la inyección”.

Estas quejas invariablemente conllevaban un nuevo viaje hacia lo que los colegas más jóvenes de Cameron llamaban la “tienda del shock”.4

LA BÚSQUEDA DE LA PUREZA
Después de releer varias veces su historial médico, Gail Kastner se convirtió en una especie de arqueóloga de su propia vida.

Leía y estudiaba todo lo que pudiera ser una explicación potencial de lo que le había sucedido en el hospital. Descubrió que Ewen Cameron, un norteamericano de origen escocés, había alcanzado la cúspide de su profesión: la presidencia de la Asociación Americana de Psiquiatría, de la Asociación Canadiense de Psiquiatría y de la Asociación Mundial de la Psiquiatría.

En 1945 fue uno de los tres psiquiatras norteamericanos que testificó acerca de la salud mental de Rudolf Hess en los juicios de Nuremberg.5

Para cuando Gail empezó a investigar, Cameron llevaba ya un tiempo muerto, pero había dejado un legado de docenas de artículos académicos y conferencias. También se habían publicado una gran cantidad de libros sobre el papel de la CIA en la financiación de los experimentos de control mental, obras que incluían muchos detalles acerca de la relación entre Cameron y la agencia.*

* Entre otros In the Sleep Room, de Anne Collins; The Searck for tbe Manchurian Candidate, de John Marks; The Mind Manipulators, de Alan Scheflin y Edward Option Jr.; Operation Mind Control, de Walter Bowart; Journey into Madness, de Cordón Thomas; y A Father, a Son and the CIA, de Harvey Weinstein, escrito por un psiquiatra, hijo de uno de los pacientes de Cameron.

Gail se los leyó todos, marcando los pasajes importantes, estableciendo la cronología de los hechos y cruzando las fechas con su documentación.

Así llegó a reconstruir lo que había sucedido. A principios de los años cincuenta, Cameron se había apartado del enfoque estándar freudiano, la “terapia conversacional”, que se empleaba para deducir las “causas arraigadas” de las enfermedades mentales de los pacientes.

Su ambición era recrear la mente de sus pacientes, en lugar de curarles o arreglar lo que fuera disfuncional, y para ello utilizaba un método de su invención, llamado “impulso psíquico”.6

Según sus publicaciones de la época, Cameron creía que la única forma de enseñar a sus pacientes a comportarse de forma sana y estable era meterse dentro de sus mentes y “quebrar las viejas pautas y modelos de comportamiento patológico”.7

El primer paso consistía en “erradicar las pautas”, cuyo objetivo era asombroso: devolver la mente al estado en que Aristóteles describió como “una tabla vacía sobre la cual aún no hay nada escrito”, una tabula rasa.8 Cameron creía que se podía alcanzar dicho estado atacando el cerebro con todos los elementos que interfieren en su funcionamiento normal. Todos a la vez. Eran las tácticas militares de “shock y conmoción” desplegadas en el campo de batalla de la mente humana.

A finales de los años cuarenta, la técnica del electroshock se estaba popularizando entre la clase psiquiátrica de Europa y América del Norte.

Causaba un daño permanente menor que la lobotomía, y parecía que funcionaba: los pacientes histéricos a menudo se calmaban, y en algunos casos las descargas eléctricas devolvían una cierta lucidez a las personas. Pero se trataba solamente de datos observados, y ni siquiera los médicos que habían desarrollado la técnica podían ofrecer una explicación científica de su funcionamiento.

Sin embargo, conocían bien sus efectos secundarios. No había ninguna duda de que el electroshock podía causar amnesia en el paciente. Se trataba del principal problema asociado con el tratamiento.

Estrechamente relacionado con la pérdida de memoria, el otro efecto secundario del que había constancia era la regresión. Los médicos indicaron que en docenas de estudios clínicos, en los momentos inmediatamente posteriores al tratamiento, los pacientes se chupaban el dedo, adoptaban la posición fetal, había que alimentarles como a bebés, y lloraban reclamando a sus madres (a menudo confundían a enfermeras y médicos con sus padres y madres).

Esta etapa de comportamientos solía desaparecer rápidamente, pero en algunos casos, cuando las sesiones de electroshock eran numerosas, los médicos informaban de casos en los que la regresión de los pacientes era completa, llegando éstos a olvidarse de andar y de hablar.

Marilyn Rice, una economista que a mediados de los años setenta encabezó el movimiento de los pacientes en defensa de sus derechos, en contra del electroshock, describía vividamente lo que significaba perder sus recuerdos, y gran parte de su educación, a causa de los tratamientos.

“Ahora sé cómo debió de sentirse Eva después de ser creada a partir de la costilla de otro, sin ningún pasado ni historia propia. Me sentía tan vacía como Eva”.* 9

* Aún hoy en día, en que las terapias de electroshock son mucho más seguras y estudiadas, y se preocupan de garantizar la comodidad y la tranquilidad de los pacientes, convirtiéndose así en una herramienta respetable y a menudo efectiva para el tratamiento de la psicosis, los efectos secundarios siguen incluyendo pérdidas temporales de memoria a corto plazo. Algunos pacientes indican que también han sufrido pérdidas de memoria a largo plazo.

Para Rice y el resto, ese vacío representaba una pérdida irreemplazable.

Por contra, Cameron lo veía de forma muy distinta: como una tabla rasa, libre de las costumbres nocivas del pasado, sobre las cuales se podían crear nuevas pautas y nuevos modelos de comportamiento.

Para él, “la pérdida masiva de memoria” que traía consigo el electroshock no era un desafortunado efecto secundario: era el aspecto esencial del tratamiento, la clave para arrastrar al paciente a un estado anterior de su desarrollo mental,

“mucho antes de que la esquizofrenia y los comportamientos perturbados hicieran su aparición”.10

Igual que los halcones de la guerra que claman para bombardear países “hasta devolverlos a la Edad de Piedra”, Cameron creía que la terapia de shock era el método que arrojaría a sus pacientes de vuelta a la infancia, en una regresión absoluta.

En un artículo que escribió en 1962 para una re -vista científica, describió el estado al que quería reducir a pacientes como Gail Kastner:

“No solamente se produce una pérdida de la imagen espacio -tiempo, sino que también se pierde el sentido de que debería existir. Durante esta fase el paciente muestra una serie de síntomas diversos, como pérdida de un segundo idioma o de conciencia acerca de su estado civil.

En formas más avanzadas, tal vez no pueda caminar sin apoyo, alimentarse o dé muestras de incontinencia urinaria y fecal. […] Todos los aspectos de su función de memoria están gravemente afectados”.11

Para “borrar la pauta” de sus pacientes, Cameron utilizó un instrumento relativamente nuevo, llamado Page-Russell, que administraba hasta seis descargas consecutivas en vez de una.

Frustrado por el hecho de que sus pacientes seguían aferrándose a los retazos de sus personalidades originales, Cameron los desorientó aún más con anfetaminas, ansiolíticos y drogas alucinógenas:

clorpromacina, barbitúricos, pentotal sódico, óxido de nitrógeno (el conocido “gas de la risa”), metanfetamina, Seconal, Nembutal, Veronal, Melicone, Thorazine, largactil e insulina.

Cameron escribió en un artículo en 1956 que gracias a estos fármacos, el paciente “se desinhibía y sus defensas se debilitaban”.12

Una vez se completaba el proceso de “eliminación de las pautas” del paciente, y su anterior personalidad había sido satisfactoriamente borrada, el proceso de implantación de conducta podía empezar.

Consistía en que Cameron hacía escuchar a los pacientes cintas grabadas con mensajes como:

“Usted es una buena madre y una buena esposa, y la gente disfruta de su compañía”.

En tanto que psicólogo conductista, creía que si sus pacientes se impregnaban de los mensajes grabados en la cinta, empezarían a comportarse de forma distinta.*

* Si Cameron no hubiera gozado de tanto poder en su campo, sus cintas de “implantación conductual” habrían sido tachadas de psicología barata. Tuvo la idea al ver un anuncio del cerebrófono, un fonógrafo que se colocaba en la mesilla de noche, con altavoces insertados en la almohada, y que sostenía ser “un método revolucionario para aprender idiomas durante el sueño”.

Con pacientes bajo estado de shock y drogados hasta un extremo vegetativo, éstos no podían sino escuchar los mensajes, durante dieciséis o veinte horas al día durante semanas.

En una ocasión, Cameron le hizo escuchar a un paciente la cinta de forma ininterrumpida durante 101 días.13

A mediados de los años cincuenta, varios investigadores de la CIA se interesaron por los métodos de Cameron. Era el principio de la histeria de la Guerra Fría, y la agencia acababa de lanzar un programa de operaciones encubiertas para investigar lo que llamaban “técnicas especiales de interrogación”.

Un memorando desclasificado de la CIA explica que el programa,

“examinaba y analizaba numerosas técnicas de interrogación poco habituales, incluyendo el acoso psicológico y otros métodos como el aislamiento total, así como el uso de drogas y sustancias químicas”.14

El proyecto conoció el primer nombre en código de Bluebird, luego Proyecto Alcachofa y finalmente fue bautizado como MKUltra en 1953.

Durante la siguiente década, MKUltra gastó más de veinticinco millones de dólares en busca de formas nuevas de romper la voluntad de un prisionero sospechoso de comunismo o de ser agente doble. Más de ochenta instituciones participaron en el programa, incluyendo cuarenta y cuatro universidades y doce hospitales.15

Los agentes implicados tenían abundantes ideas y mostraban una notable creatividad en su celo por extraer información de personas que no deseaban compartirla. El problema era cómo comprobar la efectividad de esos métodos e ideas.

Las actividades de los primeros años del Proyecto Bluebird y Alcachofa se parecen sospechosamente a esas escenas de una película de espías tragicómica en la que los agentes de la CIA se hipnotizan mutuamente y deslizan LSD en las bebidas de sus colegas para ver qué sucede (en al menos uno de los casos, un suicidio), por no mencionar la tortura de los sospechosos de pertenecer al espionaje ruso.16

Las pruebas terminaron asemejándose más a unas macabras bromas propias de universitarios desatados en pleno fervor etílico que a experimentos propios de una investigación seria, y los resultados no aportaron la certidumbre científica que la agencia iba buscando. Para eso era necesario realizar pruebas con un mayor número de cobayas humanas, y así se intentó.

Pero era demasiado arriesgado: si se descubría que la CIA estaba probando drogas peligrosas en suelo americano, existía la posibilidad de que se le diera carpetazo al programa.17

En ese punto entraron en escena los investigadores canadienses, y el interés de la CIA en sus actividades. El inicio de la relación se remonta al 1 de junio de 1951, en una reunión a tres bandas entre agencias de inteligencia de diversas nacionalidades y un grupo de científicos en el Ritz-Carlton de Montreal.

El tema del encuentro era la creciente preocupación que sentía la comunidad internacional de las agencias de inteligencia occidentales ante la posibilidad de que los comunistas hubieran descubierto un método para “lavar el cerebro” de los prisioneros de guerra.

El motivo de esa inquietud era que los soldados norteamericanos cautivos en Corea aparecían frente a las cámaras, al parecer cooperando, para denunciar el capitalismo y el imperialismo.

Según las actas desclasificadas de esa reunión en el Ritz, los asistentes,

Omond Solandt, presidente del Comité de Investigación para la Defensa canadiense

sir Henry Tizard, presidente del Comité de Investigación para la Defensa británico

dos representantes de la CIA,

…estaban convencidos de que las potencias occidentales debían descubrir urgentemente la forma en que los comunistas lograban arrancar esas impresionantes declaraciones de los soldados.

El primer paso era llevar a cabo un “estudio clínico de casos reales” para analizar si los lavados de cerebro podían funcionar.18 El objetivo declarado de esta investigación no era utilizar el control mental en los prisioneros, sino preparar a los soldados de las potencias occidentales para las técnicas coercitivas a las que podrían ser sometidos en caso de ser capturados.

Por supuesto, la CIA tenía otros intereses. Sin embargo, ni siquiera en una reunión confidencial y a puerta cerrada como la que se desarrolló en el Ritz, podía admitir abiertamente que le interesaba desarrollar métodos alternativos de interrogatorio.

No después de las revelaciones acerca de los sistemas de tortura nazi que habían provocado un rechazo unánime en todo el mundo.

Uno de los asistentes a la reunión del Ritz era el doctor Donald Hebb, director del Departamento de Psicología en la Universidad McGill. Siempre según las actas desclasificadas, frente al misterio de las confesiones de los soldados capturados, Hebb especuló con la posibilidad de que los comunistas estuvieran manipulando a los prisioneros colocándolos en celdas aisladas e impidiéndoles el uso de los sentidos.

Los jefes de inteligencia se quedaron muy impresionados, y tres meses después Hebb recibió una beca de investigación del Departamento de Defensa de Canadá, para llevar a cabo una serie de experimentos de privación sensorial. Hebb pagó veinte dólares a un grupo de sesenta y tres estudiantes de McGill para que se sometieran a aislamiento sensorial: encerrados en una habitación, con gafas oscuras, cascos con cintas de ruido monocorde, y tubos de cartón sobrepuestos a sus manos y pies para enturbiar su sentido del tacto.

Durante días, los estudiantes flotaron en un mar vacío, sin ojos, orejas o manos que les orientaran, viviendo cada vez más intensamente al ritmo de los vaivenes de su imaginación.

Para comprobar hasta qué punto la privación sensorial los hacía vulnerables al “lavado de cerebro”, Hebb empezó a pasarles cintas de voces que sostenían que los fantasmas existían, o que la ciencia era una superchería.

Antes del experimento, los estudiantes habían declarado que no estaban de acuerdo con esas ideas.19

En un informe confidencial acerca de los descubrimientos de Hebb, el Comité de Investigación para la Defensa llegó a la conclusión de que la privación sensorial claramente causaba un estado de confusión extrema, así como alucinaciones, en los sujetos del experimento.

El informe seguía diciendo:

“Se produce una reducción significativa y temporal de la capacidad intelectual durante e inmediatamente después del período de privación de la percepción”.20

Además, la curiosidad estimulada de los estudiantes les hacía más receptivos a las ideas que enunciaban las cintas, y sorprendentemente varios de ellos desarrollaron una afición por las ciencias ocultas que duró varias semanas después de la finalización del experimento.

Era como si la privación sensorial hubiera borrado parcialmente sus mentes, y los estímulos sensoriales aplicados durante el proceso hubieran reescrito sus pautas de conducta.

La CIA recibió una copia del principal estudio de Hebb, y también se enviaron cuarenta y un y cuarenta y dos ejemplares para la Armada y el Ejército de Estados Unidos, respectivamente.21 La CIA también controlaba los experimentos a través de uno de los ayudantes de Hebb, Maitland Baldwin. Éste, sin saberlo Hebb, informaba directamente a la agencia.22

El vivo interés de la CIA no resultaba nada sorprendente: como mínimo, Hebb había demostrado que un período de aislamiento intensivo podía llegar a interferir en la capacidad de pensar claramente y hacía que las personas se inclinaran con más facilidad ante las sugerencias o indicaciones de sus captores. Eran ideas que no tenían precio para un interrogador.

Hebb finalmente se dio cuenta de que los frutos de su investigación tenían un enorme potencial, y que no solamente podían emplearse para la protección de los soldados capturados, sino también como un protocolo para la tortura psicológica.

En la última entrevista que concedió en 1985, antes de fallecer, Hebb declaró:

“Cuando enviamos nuestro informe al Comité de Investigación para la Defensa comprendimos que estábamos describiendo unas técnicas de interrogatorio cuya potencia era tremenda”.23

El informe de Hebb indicaba que cuatro de los estudiantes,

“comentaron espontáneamente que el propio experimento era una forma de tortura”,

…lo que equivalía a decir que si les obligaba a permanecer en el marco del estudio más allá de su umbral de resistencia – dos o tres días – estaría violando la ética médica.

Consciente de las limitaciones que eso impondría en el experimento, Hebb escribió que no podía obtener,

“resultados más depurados” porque “no es posible obligar a los sujetos a permanecer de treinta a sesenta días en condiciones de privación sensorial”.24

Quizá no era posible para Hebb, pero su colega en McGill y archirrival académico, el doctor Ewen Cameron, no tenía ningún problema. (En un momento de franqueza, Hebb tildó a Cameron de “criminalmente estúpido”.25)

Cameron ya estaba convencido de que la destrucción violenta de las mentes de sus pacientes era el primer paso necesario para que emprendieran su viaje de regreso a la salud mental, y por lo tanto no constituía una violación del juramento hipocrático. En cuanto al tema de la autorización del paciente, tampoco era un problema.

Estaban a su merced, pues el formulario estándar de ingreso en el hospital prácticamente confería a Cameron un poder absoluto para dictaminar el tratamiento requerido. Incluso podía recomendar una lobotomía total.

Aunque había estado en contacto con la agencia durante años, Cameron obtuvo su primera beca de la CIA en 1957, a través de una organización pantalla denominada Sociedad para la Investigación de la Ecología Humana.26

A medida que los dólares de la CIA fueron a parar a las arcas del Alian Memorial Institute, éste se parecía más y más a una prisión macabra y menos a un hospital.

El primer cambio consistió en incrementar brutalmente la dosis de electroshocks. Los dos psiquiatras que inventaron la polémica máquina Page-Russell recomendaban cuatro tratamientos por paciente, con un total de veinticuatro shocks individuales.27

Cameron empleó la máquina en sus pacientes dos veces al día durante treinta días, alcanzando la escalofriante cifra de 360 descargas por paciente, mucho más de lo que Gail y otros pacientes al principio habían recibido.28 Añadió más drogas experimentales al cóctel que recibían, ya de por sí explosivo; a la CIA le interesaban particularmente las que alteraban la percepción sensorial, como el LSD y la fenciclidina.

También añadió otras armas a su arsenal de manipulación mental: privación sensorial e incremento de la duración de los ciclos de sueño, un doble proceso que, según él, “reduciría las defensas del sujeto”, haciéndolo más receptivo a los mensajes de las cintas.29

Gracias a la financiación de la CIA, Cameron convirtió los antiguos establos de la parte posterior del hospital en espacios individuales de aislamiento. También remodeló el sótano cuidadosamente, construyendo una habitación que denominó la “celda de aislamiento”.30

La estancia se insonorizó, aunque instaló altavoces para emitir ruido blanco, un sonido monocorde permanente. Eliminó la iluminación y cada paciente recibió un par de anteojos oscuros y “tapones de goma” para las orejas. Sus brazos y piernas fueron forrados con tubos de cartón, “impidiendo que los sujetos toquen su propio cuerpo, y logrando así interferir en la percepción que tienen de su propio cuerpo”, tal y como Cameron describió en un artículo publicado en 1956.31

Pero en lugar de someter a los sujetos a un par de días de privación sensorial intensa, como los estudiantes de Hebb que no pudieron aguantar más, Cameron los obligó a permanecer en ese estado durante semanas. Uno de ellos se pasó treinta y cinco días en la celda de aislamiento.32

Otro de los experimentos de Cameron con los sentidos de sus pacientes tenía lugar en la sala del sueño, donde se les mantenía en un estado de duermevela a base de fármacos y drogas, durante veinte o veintidós horas al día, con enfermeras turnándose cada dos horas con el único propósito de evitar llagas, alimentar a los pacientes y aliviar sus necesidades urinarias y fecales.33

Los pacientes permanecían en dicho estado de quince a treinta días, aunque Cameron informó que,

“algunos pacientes han superado los sesenta y cinco días de sueño continuo”.34

El personal del hospital tenía instrucciones de no permitir que los pacientes les dirigieran la palabra.

Tampoco debían darles ninguna información acerca del tiempo que iban a permanecer en la habitación. Para asegurarse de que nadie lograra escapar de esa pesadilla, Cameron administró a un grupo de pacientes pequeñas dosis de curare, droga que provoca una parálisis física, convirtiéndolos, literalmente, en prisioneros de sus propios cuerpos.35

En un artículo publicado en 1960, Cameron afirmaba que,

“existen dos principales factores que nos permiten mantener una imagen espacial y temporal”.

Es decir, que nos permiten saber quiénes somos y dónde estamos.

Esas dos fuerzas son,

“a) una fuente continuada de información sensorial y b) nuestra memoria”.

Gracias al electroshock, Cameron aniquilaba la memoria; mediante las celdas de aislamiento, destruía todo origen de información sensorial. Estaba decidido a forzar la completa pérdida de sentidos en sus pacientes, hasta que no supieran dónde estaban ni quiénes eran.

Cuando se dio cuenta de que algunos pacientes conseguían saber la hora que era gracias a las comidas diarias, Cameron ordenó a la cocina del centro que mezclara los platos y las horas: servían sopa para desayunar y leche con cereales para cenar.

“Al variar los intervalos y cambiar el menú esperado pudimos romper el ciclo horario de alimentación que los pacientes habían desarrollado”, informaba Cameron con satisfacción.

Aun después de aquello, descubrió que a pesar de sus esfuerzos un paciente conservaba una leve conexión con el mundo exterior gracias al “ligero murmullo” de los motores de un avión que sobrevolaba el hospital cada mañana, a las nueve.36

Para cualquier persona que esté familiarizada con los testimonios de gente que ha sobrevivido a la tortura, este detalle es desgarrador.

Cuando les preguntan a los prisioneros cómo pudieron sobrevivir durante meses o incluso años de aislamiento, a menudo hablan de cómo oían el lejano tañido de las campanas de una iglesia, o la llamada del imán a la mezquita, o las risas de los niños jugando en un parque cercano.

Cuando la vida se reduce a las cuatro paredes de una celda, el ritmo de los sonidos del exterior es una especie de cuerda salvavidas, la prueba de que el prisionero aún es humano, de que existe un mundo más allá de la tortura.

“Escuché a los pájaros cantar al amanecer cuatro veces, fuera. Así es como sé que fueron cuatro días”, dijo un superviviente de la última dictadura uruguaya, recordando un período de detención y tortura particularmente brutal.37

La mujer anónima en el sótano del Alian Memorial Institute, esforzándose por oír el distante motor de un avión en medio de una neblina de oscuridad, drogas y descargas eléctricas, no era una paciente en manos de un médico. Era, a todos los efectos, una prisionera que estaba siendo torturada.

Existen varios indicios de que Cameron sabía perfectamente que estaba simulando un proceso de tortura real y que, en tanto que acérrimo anticomunista, disfrutaba de la idea de que su programa y sus pacientes formaban parte de la Guerra Fría.

En una entrevista concedida a una popular revista en 1955, comparó abiertamente a sus pacientes con prisioneros de guerra enfrentados a un interrogatorio hostil, diciendo que,

“al igual que los capturados por los comunistas, solían resistirse [al tratamiento] y había que romper su voluntad”.38

Un año más tarde, escribió que el objetivo de eliminar las pautas conductuales era,

“la erradicación de las defensas del individuo” y señalaba que “el proceso es análogo al sometimiento de un sujeto bajo interrogatorio continuo”.39

Hacia 1960, Cameron dictaba conferencias acerca de sus investigaciones sobre la privación sensorial, no solamente a otros psiquiatras, sino también a públicos militares.

En una charla en la base aérea Brooks, en Texas, afirmó que no estaba curando la esquizofrenia, sino que más bien,

“la privación sensorial genera los mismos síntomas iniciales que la esquizofrenia: alucinaciones, ansiedad aguda, pérdida de contacto con la realidad”.40

En las notas que acompañan al texto de la conferencia, menciona la administración de una “sobrecarga de información” a renglón seguido de la privación sensorial, una referencia a su empleo de las descargas eléctricas y los bucles interminables de cintas con repetición de mensaje.

Era una anticipación de las tácticas de interrogación que habrían de llegar en el futuro.41

El trabajo de Cameron recibió financiación de la CIA hasta 1961, y durante varios años el destino de sus investigaciones y el uso que el gobierno de los Estados Unidos le dio permaneció en un claroscuro.

A finales de los años setenta y ochenta, cuando por fin se abrió una investigación en el Senado acerca de la participación de la CIA en dichos experimentos y la relación financiera entre la agencia y los investigadores, y más tarde, durante las revolucionarias demandas de los pacientes contra la CIA, los periodistas y los legisladores tendían a aceptar la versión de la CIA: que se había interesado en las técnicas de lavado de cerebro con el fin de proteger la salud mental de los prisioneros de guerra norteamericanos.

La mayor parte de la prensa se concentró en los aspectos sensacionalistas, y destacó que el gobierno había financiado experimentos con drogas alucinógenas.

En realidad, cuando el verdadero escándalo estalló, se puso de manifiesto que la CIA y Ewen Cameron habían destrozado con absoluta impunidad las vidas de los pacientes, sin ningún resultado mínimamente válido. Las investigaciones parecían inútiles: todo el mundo sabía que el lavado de cerebro era un mito de la Guerra Fría.

Por su parte, la CIA fomentó esta visión del asunto, pues prefirió ser el bufón de una tragicomedia de payasos de ciencia ficción, en lugar de los culpables financieros que habían permitido que una respetable universidad se convirtiera en un laboratorio de tortura, muy eficiente por cierto.

Cuando John Gittinger, el psicólogo de la CIA que se puso en contacto con Cameron por primera vez, se vio obligado a testificar frente al Senado, declaró que el apoyo a Cameron había sido,

“un estúpido error. […] Un terrible error”.42

Al ser preguntado durante las sesiones de la investigación del Senado por qué ordenó destruir todos los archivos de un programa que había costado veinticinco millones de dólares, el antiguo director de MKUltra, Sydney Gottlieb, afirmó que,

“el proyecto MKUltra no había obtenido ningún resultado positivo o útil para la agencia”.43

En las informaciones publicadas sobre MKUltra en los años ochenta, tanto en las pesquisas oficiales como en la prensa general o los libros escritos sobre el programa, se sigue hablando de los experimentos como “técnicas de control mental” o “lavado de cerebro”.

La palabra “tortura” apenas se utiliza.

LA CIENCIA DEL MIEDO
En 1988, The New York Times publicó un valiente reportaje sobre la implicación de los Estados Unidos en la tortura y los asesinatos que habían tenido lugar en Honduras.

Florencio Caballero, un interrogador hondureño miembro del brutal y famoso Batallón 3 -16, reveló al periódico que él y veinticuatro de sus compañeros habían viajado a Texas y que la CIA les había entrenado.

“Nos enseñaron tácticas psicológicas: cómo estudiar el miedo y las debilidades de un prisionero. Hacer que se levantara y se quedara de pie, no dejarle dormir, desnudarle y aislarlo, poner ratas y cucarachas en su celda, darle comida podrida, incluso animales muertos, arrojarle agua fría a la cara, cambiar la temperatura de su entorno”.

Se olvidó de una técnica: el electroshock.

Inés Murillo, una presa de veinticuatro años que fue “interrogada” por Caballero y sus compañeros, dijo al Times que recibió numerosas descargas eléctricas y que,

“gritaba y gritaba y me desmayaba del shock. Los gritos sencillamente brotan de ti”, afirmaba.

“Olía a quemado y me daba cuenta de que era mi piel, a causa de las descargas. Dijeron que me torturarían hasta que me volviera loca. No les creí. Pero entonces me abrieron las piernas y conectaron los electrodos a mis genitales”.44

Murillo también declaró que había alguien más en la estancia: un norteamericano que les pasaba las preguntas a sus interrogadores, y al que los demás llamaban “señor Mike”.45

Las revelaciones publicadas en el periódico terminaron en una investigación en el Comité de Inteligencia del Senado, donde el director adjunto de la CIA, Richard Stolz, confirmó que,

“Caballero efectivamente asistió a un curso de explotación de recursos humanos de la CIA, también conocido como curso de interrogación”.46

The Baltimore Sun interpuso una solicitud de información al amparo de la Freedom of Information Act para obtener el material del curso utilizado para entrenar a gente como Caballero. Durante mucho tiempo la CIA se negó a entregarlo.

Finalmente, bajo amenaza de una demanda, y nueve años después de la publicación del artículo, la CIA hizo público un manual titulado Kubark Counterintelligence Information.

Según The New York Times, “Kubark” es un criptograma codificado. Ku, una sílaba al azar y bark es el nombre secreto de la agencia en aquellos tiempos. Informes más recientes han especulado con la posibilidad de que ku se refiera a un país en concreto, o una operación encubierta o clandestina determinada.47

El texto era un manual secreto de 128 páginas de extensión acerca de las técnicas de “interrogación de fuentes no colaboradoras”, que se nutre principalmente de la investigación encargada por MKUltra.

Se adivina la huella de los experimentos de Ewen Cameron y Donald Hebb sobre privación sensorial en todo el documento. Los métodos van desde la consabida privación sensorial hasta posiciones de estrés, capuchas y técnicas para infligir dolor.

(El manual advierte de entrada que muchas de estas tácticas son ilegales e indica a los interrogadores que deben obtener,

“la aprobación previa de sus cuarteles generales […] en los casos siguientes: 1) Si va a infligirse un daño físico. 2) Si se van a emplear métodos o materiales médicos, químicos o eléctricos para obtener la obediencia del sujeto.”) 48

El manual está fechado en 1963, el último año de funcionamiento del programa MKUltra y dos años después de que la CIA dejara de financiar los experimentos de Cameron.

El texto afirma que si las técnicas se utilizan debidamente, “destruirán la capacidad de resistencia” de una fuente no colaboradora.

Este es, en definitiva, el verdadero propósito de MKUltra: más allá de la investigación acerca de los lavados de cerebro (que sólo era un proyecto colateral), el objetivo era diseñar un sistema basado en premisas científicas para extraer información de las “fuentes no colaboradoras”.49

En otras palabras, tortura.

En la primera página del manual, se puede leer que los métodos de interrogación descritos están basados en,

“amplias investigaciones, incluyendo pruebas clínicas llevadas a cabo por especialistas en campos relacionados”.

Representa una nueva era de tortura precisa y refinada. Nada que ver con el tormento sangriento e inexacto que había sido estándar desde la Santa Inquisición.

A modo de prefacio, el manual insiste:

“El servicio secreto de inteligencia que es capaz de aportar conocimientos pertinentes y modernos que arrojen luz sobre los problemas de nuestro tiempo goza de una increíble ventaja, y va muy por delante del servicio de información que lleva a cabo sus operaciones encubiertas con estrategias propias del siglo pasado. […]

Ya no es posible hablar seriamente de los métodos de interrogación sin hacer referencia a la investigación psicológica que se ha llevado a cabo durante la última década”.50

Sigue un completo manual paso a paso sobre cómo desmantelar la personalidad de un ser humano.

El libro también incluye una extensa sección sobre privación sensorial que habla de,

“una serie de experimentos llevados a cabo en la Universidad McGill”.51

Describe cómo deben construirse las celdas de aislamiento y señala que,

“la privación de estímulos sensoriales induce un estado de regresión en el sujeto, pues impide que su mente esté en contacto con el mundo exterior, forzándole a introvertirse. Al mismo tiempo, un suministro calculado de estímulos durante la interrogación hace que el sujeto vea al interrogador como a una figura paterna durante su estado de regresión”.52

La Freedom of Information Act que amparó la petición del Baltimore Sun también descubrió una versión actualizada del manual, publicada por primera vez en 1983, para ser utilizada en Latinoamérica.

“La ventana de la celda debe situarse en un punto elevado de la pared, con posibilidad de bloquear la luz”, afirma.* 53

* La versión de 1983 está claramente diseñada para dar una clase, pues cuenta con cuestionarios de preguntas y respuestas para autoevaluación. También contiene amigables recordatorios: “Recuerda siempre que debes empezar cada sesión con baterías nuevas”.

Precisamente lo que Hebb temió: que se utilizaran sus experimentos en privación sensorial como “técnicas de interrogación de tremendo alcance”.

Pero fue la labor de Cameron, y su receta para romper la “imagen tiempo-espacio”, lo que conforma el espíritu de la fórmula Kubark. El manual describe varias de las técnicas desarrolladas para romper la pauta de conducta de los pacientes en un sótano del Alian Memorial Institute:

“El principio es que las sesiones deberían planificarse con el fin de erradicar la noción de orden cronológico del sujeto. […] Algunos de los interrogados pueden volver a un estado de regresión si se realiza una manipulación persistente del tiempo, retrasando o adelantando los relojes y llevando la comida a horas desacostumbradas, diez minutos antes o después de la última ingesta. El día y la noche se mezclan y se confunden”.54

Lo que fascinó a los autores de Kubark, más que las técnicas individuales, fue el enfoque de Cameron en la regresión, la idea de que al privar a una persona de la noción de quién es y dónde está, en el tiempo y el espacio, los adultos vuelven a ser niños indefensos, dependientes de otros, cuyas mentes son tablas rasas abiertas a la sugestión.

Una y otra vez, el autor o autores del texto se recrea en esa idea:

“Todas las técnicas utilizadas para quebrar la obstinación de un prisionero, el espectro completo que va desde el simple aislamiento hasta la hipnosis y los narcóticos, son esencialmente métodos para agilizar el proceso de regresión. A medida que el interrogado se desliza hacia un estado de infantilismo, su personalidad adquirida o estructurada se derrumba”.

En ese instante, el prisionero se sumerge en un estado de “shock psicológico” o “animación suspendida” del que ya hemos hablado. Es el dulce momento del interrogador, cuando,

“la fuente está lista para la sugestión y abierta a la cooperación”.55

Alfred W. McCoy, un historiador de la Universidad de Wisconsin que ha documentado la evolución de las técnicas de tortura desde la Inquisición hasta nuestros días en su libro A Question of Torture: CIA Interrogation from the Cold War to the War on Terror, describe las instrucciones del manual Kubark para la privación sensorial y la sobrecarga sensorial subsiguiente como,

“la primera revolución real en la cruel ciencia del dolor que ha habido en más de tres siglos”.56

Según McCoy, esa revolución no habría tenido lugar sin los experimentos McGill en los años cincuenta.

“Prescindiendo de sus extravagantes excesos, los experimentos del doctor Cameron, que bebían de las investigaciones pioneras del doctor Hebb, sentaron las bases del método de tortura psicológica en dos fases diseñado por la CIA.”57

En todos los territorios donde el método Kubark se ha enseñado surgen los mismos modelos de comportamiento, diseñados para inducir, profundizar y mantener el estado de shock en el prisionero.

A los prisioneros se los captura de la forma más desorientadora y confusa posible, a última hora de la noche o en veloces operaciones al amanecer, tal y como indica el manual. Inmediatamente se les pone una capucha o les ponen un trapo encima de los ojos. Les desnudan y reciben una paliza. Luego son sometidos a algún tipo de privación sensorial.

Y desde Guatemala a Honduras, de Vietnam a Irán, desde las Filipinas a Chile, el empleo de las descargas eléctricas es omnipresente.

Por supuesto, no todo responde a la influencia de Cameron o del programa MKUltra. La tortura siempre funciona como una improvisación, una combinación de la técnica aprendida y del instinto humano para la brutalidad que se desata siempre que reina la impunidad. A mediados de los años cincuenta, los soldados franceses empleaban el electroshock de forma rutinaria en Argelia contra los rebeldes, en sesiones en las que a menudo les acompañaban psiquiatras.58

Durante esa época, algunos jefes militares franceses impartieron seminarios en una escuela militar de Estados Unidos especializada en la “contrainsurgencia”, situada en Fort Bragg, en Carolina del Norte.

Allí entrenaron a los estudiantes, compartiendo las técnicas utilizadas en Argelia.59

Sin embargo, también está claro que el especial modelo de Cameron, que combinaba dosis masivas de shock, no solamente con el fin de provocar dolor, sino específicamente para eliminar la personalidad del detenido, causó una honda impresión en la CIA. En 1966, la agencia envió a tres psiquiatras a Saigón, armados con una máquina Page-Russell.

Fue empleada tan agresivamente que varios prisioneros murieron durante los interrogatorios.

Según McCoy,

“de hecho estaban comprobando, bajo condiciones reales, si las técnicas de modificación de conducta de Ewen Cameron desarrolladas en McGill podían alterar el comportamiento humano de veras”.60

Para los oficiales de inteligencia estadounidenses, ese enfoque práctico no era lo habitual.

Desde los años setenta, el papel de los agentes norteamericanos era el de mentor o entrenador, no el de interrogador directo. Los testimonios de los supervivientes de la tortura en Centroamérica de los años setenta y ochenta están plagados de referencias a misteriosos hombres que hablaban inglés y entraban y salían de las celdas, proponiendo preguntas u ofreciendo consejos.

Dianna Ortiz, una monja norteamericana que fue secuestrada y encarcelada en Guatemala en 1989, ha testificado que los hombres que la violaron y la quemaron con cigarrillos se dirigían a otro hombre que hablaba español con un fuerte acento americano, y se referían a él como su “jefe”.61

Jennifer Harbury, cuyo marido fue torturado y asesinado por un oficial guatemalteco a sueldo de la CIA, ha realizado una importante labor de documentación en su libro Truth, Torture and the American Way.62

Aunque Washington y sus sucesivas administraciones aprobaban estas operaciones, el papel de los Estados Unidos en las guerras sucias tenía que ser encubierto, por razones obvias.

La tortura, ya sea física o psicológica, viola claramente la Convención de Ginebra, que prohíbe “cualquier forma de tortura o de crueldad”, así como el propio Código de Justicia Militar del ejército de los Estados Unidos afirma que no deben realizarse actos de “crueldad” u “opresión” contra los presos.63

El manual Kubark advierte a los lectores en la página 2 que sus técnicas comportan la posibilidad de “posteriores demandas judiciales”, y la versión de 1983 es aún más directa:

“El uso de la fuerza, tortura mental, amenazas, insultos o la exposición a un trato desagradable o inhumano bajo cualquiera de sus formas, como apoyo a una labor de interrogación, están prohibidos por la ley, tanto internacional como nacional”.64

Sencillamente, lo que enseñaban era ilegal y debía permanecer en secreto por su naturaleza.

Si alguien preguntaba, los agentes estadounidenses estaban supervisando el aprendizaje de sus estudiantes de países en vías de desarrollo. ¿La materia? Técnicas avanzadas de interrogación policial. Ellos no eran responsables de los “excesos” que se producían fuera del horario escolar.

El 11 de septiembre de 2001, ese sempiterno esfuerzo por negar plausiblemente la realidad se esfumó.

El ataque terrorista contra las Torres Gemelas y el Pentágono era un shock distinto de los que habían imaginado los autores de Kubark, pero sus efectos fueron notablemente similares: profunda desorientación, miedo y ansiedad agudas, y una regresión colectiva.

Como el interrogador que adopta la “figura paterna”, la administración Bush se apresuró a jugar con ese miedo para desempeñar el papel del padre protector, dispuesto a defender “la patria” y su pueblo vulnerable por todos los medios que fueran necesarios.

El cambio en la política de Estados Unidos, que se resume en la desgraciadamente conocida declaración del vicepresidente Dick Cheney acerca de trabajar “el lado oscuro”, no significó que esta administración abrazara tácticas que habrían repelido a sus antecesores, más compasivos y humanos (como demasiados demócratas han afirmado, invocando lo que el historiador Garry Wills llama el especial mito americano de la “pureza original”).65

Más bien, la revolución es que anteriormente estas operaciones se llevaban a cabo a distancia suficiente como para negar todo conocimiento de las mismas.

Ahora, se realizarían directamente y la administración las defendería abiertamente.

A pesar de “privatizada”, todo en el debate acerca de la tortura manos de proveedores externos, la verdadera innovación de la administración Bush es que la ha internalizado, torturando a prisioneros en instalaciones estadounidenses, con sesiones de tortura dirigidas o gestionadas por norteamericanos.

Los presos llegan a las instalaciones mediante “extraditaciones extraordinarias” desde terceros países, transportados por aviones norteamericanos.

Ésa es la diferencia del régimen de Bush: después de los ataques del 11 de septiembre, se atrevió a pedir el derecho a torturar sin vergüenza alguna. Eso ponía a la administración en una posición delicada, pues podía ser objeto de una investigación criminal, problema que soslayó cambiando la legislación.

La cadena de acontecimientos es de todos conocida: el entonces secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, siguiendo órdenes de George W. Bush, decretó que los presos capturados en Afganistán no entraban en el marco de la Convención de Ginebra porque eran “combatientes enemigos”, no prisioneros de guerra, un punto de vista corroborado por la Oficina Legal de la Casa Blanca y su director, Alberto Gonzales (más tarde ascendido a fiscal general del Estado).66

Luego, Rumsfeld aprobó una serie de técnicas de interrogación especiales para la guerra contra el terror.

Incluían los métodos descritos por los manuales de la CIA:

“celdas de aislamiento durante un máximo de treinta días; privación sensorial de luz y estímulos auditivos”

“puede cubrirse la cabeza del detenido con una capucha durante su desplazamiento e interrogatorio”

“permiso para retirarle la ropa”

“explotar las fobias individuales de los detenidos (como el miedo a los perros) para causarle estrés”.67

Según la Casa Blanca, la tortura seguía estando prohibida, pero para que ahora se considerase tortura, el dolor infligido debía ser,

“equivalente en intensidad al dolor que provoca una herida física de gravedad, como un fallo o insuficiencia de los órganos”.* 68

* Presionada por los legisladores del Congreso y del Senado, así como por el Tribunal Supremo, la administración Bush se vio obligada a moderar ligeramente su postura cuando el Congreso aprobó la Ley de Comisiones Militares en el año 2006.

Pero aunque la Casa Blanca utilizó la nueva ley para argumentar que había abandonado la práctica de la tortura, en realidad existían numerosos vacíos legales que permitían a la CIA y otros agentes privados el uso de las técnicas Kubark de privación sensorial y sobrecarga mental, así como otras técnicas “creativas” que incluían la escenificación y simulación del ahogamiento del detenido (“water -boarding”).

Antes de firmar la ley, Bush incluyó una “declaración de firmado” estableciendo su derecho a “interpretar el sentido y la aplicación de la Convención de Ginebra” según su criterio. The New York Times describió este documento como “la reescritura unilateral de más de doscientos años de tradición legislativa y Derecho”.

Según estas nuevas regulaciones, el gobierno estadounidense era libre de emplear los métodos desarrollados durante los años cincuenta en innumerables operaciones encubiertas, secretismos y desmentidos, sólo que ahora podía utilizarlas a plena luz del día, sin miedo a la persecución legal.

Así, en febrero de 2006, el Comité de Inteligencia Científica, un brazo consultor de la CIA, publicó un informe escrito por un veterano interrogador del Departamento de Defensa.

Declaraba abiertamente que era imprescindible una,

“cuidadosa lectura del manual Kubark para cualquier participante en un interrogatorio”.69

Una de las primeras personas que tuvo que hacer frente a este nuevo orden fue el ciudadano estadounidense, y antiguo miembro de una pandilla urbana, José Padilla.

Fue arrestado en mayo de 2002 en el aeropuerto O’Hare de Chicago, acusado de intentar construir una “bomba sucia”.

En lugar de presentar cargos y procesarle por los cauces que ofrecía el sistema legal, Padilla fue considerado combatiente enemigo, lo que le privó de todos sus derechos. Le transportaron hasta una prisión de la Armada en Charleston, en Carolina del Sur. Padilla afirma que le inyectaron una droga, que cree pudiera ser LSD o PCP, y le sometieron a una intensa sesión de privaciones sensoriales: la celda era estrecha y las ventanas estaban tapadas para no dejar pasar la luz.

No le permitían acceder a relojes o calendarios. Sólo salía de su celda con cadenas, los ojos vendados y cascos para impedir la percepción cíe cualquier sonido. Padilla pasó 1.307 días en esas condiciones, sin acceso a ningún contacto humano excepto el de sus interrogadores. Durante las sesiones de interrogación, éstos bombardeaban los abotargados sentidos de Padilla con una descarga de luces y sonidos martilleantes.70

Padilla por fin recibió la oportunidad de presentarse frente a un tribunal en diciembre de 2006, aunque las acusaciones relativas a la bomba sucia, por las cuales le habían arrestado, no prosperaron. Le acusaron de mantener contacto con terroristas, pero apenas pudo defenderse.

Según el testimonio de los expertos, las técnicas de regresión modeladas por Cameron habían tenido un rotundo éxito, y habían destruido el adulto en él, precisamente el objetivo para el que fueron diseñadas.

“La tortura intensiva que ha sufrido el señor Padilla le ha dañado física y mentalmente”, afirmó su abogado.

“El trato del gobierno hacia el señor Padilla le ha privado de su ser personal, de su más íntima identidad.” Un psiquiatra que lo entrevistó llegó a la conclusión de que “el acusado carece de la capacidad de colaborar en su propia defensa”.71

Sin embargo, el juez del tribunal, nombrado por la administración Bush, insistió en que Padilla estaba capacitado para someterse a juicio.

El hecho de que se llevara a cabo ese juicio, en público, convierte al caso Padilla en algo extraordinario. Miles de prisioneros detenidos en prisiones a cargo del gobierno estadounidense – y que a diferencia de Padilla no eran ciudadanos norteamericanos – han sufrido el mismo régimen de tortura, sin la posibilidad de un juicio público en los tribunales civiles.

Muchos languidecen en Guantánamo.

Mamduh Habib, un australiano encarcelado allí, declara que,

“Guantánamo es un experimento […] y el lavado de cerebro es el objetivo de ese experimento”.72

Ciertamente, de los testimonios, informes y fotografías que se han filtrado de Guantánamo, se desprende la sensación de que el Allan Memorial Institute de los años cincuenta se ha teletransportado a Cuba.

Al ingresar en la cárcel, se les coloca una capucha a los detenidos, anteojos oscuros y pesados cascos que les privan de escuchar sonidos, ver imágenes o conservar nociones espacio-temporales. Les dejan aislados en sus celdas durante meses, y sólo salen para recibir un bombardeo de ruidos, como ladridos de perros, luces centelleantes y grabaciones sin pausa de bebés llorando, música a toda potencia y maullidos de gatos.

Para muchos prisioneros, los efectos de estas técnicas han sido los mismos que se obtenían en el Allan en los años cincuenta: una regresión total y absoluta.

Un detenido liberado, ciudadano británico, les dijo a sus abogados que toda una sección del centro, el Bloque Delta, está reservada para “al menos unos cincuenta” detenidos que han caído en un estado de alucinación permanente.73

Una carta desclasificada del FBI al Pentágono describe a un prisionero de alto valor estratégico que fue,

“sometido a aislamiento intenso durante más de tres meses” y que “empezaba a dar muestras de un comportamiento propio del trauma psicológico agudo (habla con gente imaginaria, afirma haber oído voces, y se encorva en la celda cubriéndose con la sábana durante horas y horas)”.74

James Yee, un clérigo musulmán retirado del ejército que trabajaba en Guantánamo, ha descrito a los prisioneros del Bloque Delta, afirmando que presentaban los síntomas clásicos de la regresión extrema.

“Me detenía a hablar con ellos, y me respondían con voces infantiles, soltando una sarta de incoherencias. Muchos de ellos canturreaban canciones de cuna, chillando incluso, repitiendo las estrofas una y otra vez. Otros se erguían sobre la cama metálica y se comportaban como niños.

Me recordaban al Rey de la Montaña, juego con el que solía pasar el rato con mis hermanos cuando éramos pequeños.” La situación empeoró notablemente en enero de 2007, cuando 165 prisioneros fueron trasladados a una nueva ala del centro, conocida como Campamento Seis, donde las celdas de aislamiento de acero no permitían ningún contacto humano.

Sabin Willett, abogado que representa a varios prisioneros de Guantánamo, advirtió que si la situación seguía así, “terminarán gestionando un asilo de lunáticos”.75

Los grupos en pro de los derechos humanos señalan que Guantánamo, a pesar de lo horrible que pueda parecer, es en realidad uno de los centros de interrogación gestionados por Estados Unidos y fuera del marco jurídico más flexible y abierto a investigación.

Admiten una relativa labor de control por parte de la Cruz Roja y los abogados. Por todo el mundo, un número indeterminado de prisioneros han desaparecido en la red de “puntos negros” que constituyen las prisiones estadounidenses situadas y controladas en territorio extranjero, o bien se los ha tragado la tierra durante los procesos de extradición.

Los pocos que han sobrevivido a esa pesadilla afirman haber sufrido todo el arsenal de las tácticas de choque Cameron.

El clérigo italiano Hasan Mustafá Osama Nasr fue secuestrado en las calles de Milán por un grupo de operativos de la CIA y de la policía secreta italiana.

“No tenía ni idea de lo que sucedía”, escribió más tarde. “Empezaron a darme golpes en el estómago y por todo el cuerpo. Me envolvieron la cabeza con cinta adhesiva, y cortaron aberturas en la boca y la nariz para que pudiera respirar”.

Le llevaron a Egipto, donde vivió en una celda sin luz, con “cucarachas y ratas arrastrándose por mi cuerpo” durante catorce meses.

Nasr permaneció encarcelado en Egipto hasta febrero de 2007, pero logró sacar al exterior una carta de once páginas escrita a mano en donde detallaba los abusos que sufría.76

Escribió que le sometieron repetidas veces a electroshocks.

Según un artículo de The Washington Post,

“le ataban a una plancha de hierro conocida como “La novia” y le conectaban electrodos al cuerpo. La estructura reposaba sobre un colchón mojado en el suelo. Mientras un interrogador se sentaba en una silla de madera que descansaba en los hombros del prisionero, otro apretaba un botón y enviaba descargas eléctricas que recorrían los muelles del colchón y la plancha”.77

También le aplicaron descargas en los testículos, según denunció Amnistía Internacional.78

Hay motivos para creer que el uso de torturas con descargas eléctricas en prisioneros del gobierno estadounidense no es un caso aislado, hecho que suele soslayarse en casi todos los debates que tratan de dirimir si Estados Unidos está practicando tortura o si es mera “creatividad interrogadora”.

Jumah al-Dossari, un prisionero de Guantánamo que ha intentado suicidarse más de una docena de veces, le dijo a su abogado que durante su detención en Kandahar, bajo custodia norteamericana,

“el interrogador trajo un aparato parecido a un teléfono móvil, que en realidad generaba descargas eléctricas. Empezó a aplicármelo en cara, espalda, miembros y genitales”.79

Y Murat Kurnaz, originario de Alemania, tuvo que pasar por situaciones parecidas en otra prisión en Kandahar, también bajo control estadounidense.

“Fue al principio, así que no había prácticamente ninguna regla. Tenían derecho a hacerte de todo. Solían darnos palizas regularmente. Utilizaron descargas eléctricas. También me hundían la cabeza en el agua durante las sesiones”.80

EL FRACASO DE LA RECONSTRUCCIÓN
Al final de nuestra primera entrevista, le pedí a Gail Kastner que me hablara un poco más de sus “sueños eléctricos”.

Me dijo que a menudo sueña con filas de pacientes entrando y saliendo de un estado onírico inducido por las drogas.

“Oigo los gemidos, los gritos, los gruñidos, voces diciendo “no, no, no”. Recuerdo cómo era despertarse en esa habitación. Cubierta de sudor, mareada, las náuseas, los vómitos. Y esa extraña sensación en mi cabeza. Como si tuviera una masa amorfa en su lugar”.

Mientras hablaba, Gail parecía estar muy lejos, hundida en su sillón azul, sus palabras casi sin aliento. Entrecerró los párpados, y pude ver sus ojos moviéndose con rapidez.

Se puso la mano en la sien derecha y dijo con una voz cargada y soñolienta:

“Tengo un flashback. Tiene que distraerme. Cuénteme cómo está Irak. Dígame lo mal que va”.

Me devané los sesos para recordar una historia apropiada para ese extraño momento y se me ocurrió algo relativamente inocente acerca de la vida en la Zona Verde. El rostro de Gail se relajó lentamente, y su respiración se hizo más pesada.

De nuevo sus ojos azules me miraban fijamente.

– Gracias – dijo – Era un flashback.
– Lo sé.
– ¿Cómo lo sabe?
– Porque usted me lo dijo.

Se inclinó y escribió algo en un pedazo de papel.

Después de dejar a Gail esa tarde, seguí reflexionando sobre lo que no le había contado cuando me pidió que le hablara de Irak. Lo que hubiera deseado decirle, pero no pude: que ella me recordaba a Irak. No podía evitar pensar en lo que le había sucedido a ella, una persona en estado de shock, y lo que había sucedido allí, un país en estado de shock.

Estaban conectados, eran distintas manifestaciones de una misma y terrible lógica.

Las teorías de Cameron estaban basadas en la idea de que llevar a sus pacientes a un estado de regresión crearía las condiciones ideales para el “renacimiento” de ciudadanos de impecable comportamiento.

No es ningún consuelo para Gail, que tendrá que vivir para siempre con su columna vertebral dañada y sus recuerdos quebrados, pero en sus escritos Cameron veía sus actos de destrucción como un proceso de creación, un regalo para sus desafortunados pacientes que bajo su cuidadosa labor de repautación, volverían a nacer de nuevo.

En este sentido Cameron fracasó espectacularmente. No importa el grado de regresión que alcanzaron sus pacientes: jamás llegaron a aceptar o absorber por completo los mensajes incansablemente grabados en las cintas.

Aunque fue un genio en la destrucción de personalidades, fue incapaz de reconstruirlas. Un estudio de seguimiento llevado a cabo después de que Cameron dejara el Allan Memorial Institute determinó que el 75 % de sus pacientes había empeorado después de sus tratamientos.

De los pacientes que desarrollaban una vida laboral normal antes de la hospitalización, más de la mitad fueron incapaces de retomar sus trabajos y otros muchos, como Gail, sufrieron una batería de dolencias físicas y mentales desconocidas.

La “pautación psíquica” no funcionó, ni siquiera un ápice, y finalmente el Allan Memorial Institute prohibió dichas prácticas.81

El problema, obvio visto en retrospectiva, fue la premisa en la que descansaba la teoría de Cameron: la idea de que antes de curar al enfermo, todo lo que existe en su mente debe eliminarse sin excepción. Cameron estaba seguro de que si borraba los hábitos, costumbres, pautas y recuerdos de sus pacientes, lograría algún día alcanzar el prístino estado mental de la tabla rasa.

Pero a pesar de lo mucho que se esforzó, drogando, desorientando y aplicando tratamientos de choque a sus pacientes, jamás lo consiguió. Resultó ser verdad lo contrario: cuanto más insistía, más destrozaba a los sujetos de sus estudios. Sus mentes no estaban “limpias”; más bien quedaban en ruinas, su memoria fracturada y su confianza traicionada.

Los capitalistas del desastre comparten la misma incapacidad de distinguir entre destrucción y creación, entre dolor y recuperación. Es una idea que me asaltó con frecuencia durante mi estancia en Irak, cuando oteaba nerviosamente el paisaje herido en busca de la siguiente explosión.

En tanto que fervientes creyentes en los poderes redentores del shock, los arquitectos de la invasión británico-estadounidense pensaron que el despliegue de fuerzas sería tan abrumador, tan deslumbrante incluso, que los iraquíes entrarían en una especie de animación suspendida, muy parecida a lo descrito por el manual Kubark.

En esa ventana de oportunidad, los invasores introducirían un paquete de nuevas medidas de shock – esta vez, económicas – que crearían una democracia de libre mercado sobre la perfecta tabla rasa que constituiría el Irak posterior a la invasión.

Pero no hubo ninguna tabla rasa. Sólo escombros y gente furiosa y destrozada, que al resistirse a la invasión recibió aún más descargas, shocks y ataques, algunos de ellos basados en los experimentos que sufrió Gail Kastner tantos años atrás.

“Somos muy buenos cuando se trata de romper las cosas. Pero el día que me pase más tiempo reconstruyéndolas en lugar de combatiendo, será un buen día”, declaró el general Peter W. Chiarelli, comandante de la Primera División de Caballería en el ejército de los Estados Unidos, un año y medio después del final oficial de la guerra.82

Ese día jamás llegó. Como Cameron, los doctores del shock en Irak son capaces de destrozar, pero no parece que sepan reconstruir nada.

Notas

Cyril J. C. Kennedy y David Anchel, “Regressive Electric -Shock in Schizophrenics Refractory to Other Shock Therapies”, Psychiatric Quarterly, vol. 22, n° 2, abril de 1948, pág. 318.

Ugo Cerletti, “Electroshock Therapy”, Journal of Clinical and Experimental Psychopathology and Quarterly Review of Psychiatry and Neurology, n° 15, septiembre de 1954, págs. 192 -193.

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Harvey M. Weinstein, Psychiatry and the CIA: Victims of Mind Control, Washington, D.C., American Psychiatric Press, 1990, págs. 92 y 99.

D. Ewen Cameron, “Psychic Driving”, American Journal of Psychiatry, vol. 112 n° 7, 1956, págs. 502 -509.

D. Ewen Cameron y S. K. Pande, “Treatment of the Chronic Paranoid Schizophrenic Patient”, Canadian Medical Association Journal, vol. 78, 15 de enero de 1958, pág. 95.

Aristóteles, “Sobre el alma, libro III”, en Mortimer J. Adler (comp.), Aristotle I, Great Books of the Western World, vol. 8, trad. de W. D. Ross, Chicago, Encyclopaedia Britannica, 1952, pág. 662.

Berton Rouché, “As Empty as Eve”, The New Yorker, 9 de septiembre de 1974.

D. Ewen Cameron, “Production of Differential Amnesia as a Factor in the Treatment of Schizophrenia”, Comprehensive Psychiatry, vol. 1, n° 1,1960, págs. 32 -33.

D. Ewen Cameron, J. G. Lohrenz y K. A. Handcock, “The Depatterning Treatment of Schizophrenia”, Comprehensive Psychiatry, 3, n° 2, 1962, pág. 67

Cameron, “Psychic Driving”, op. cit., págs. 503 -504.

Weinstein, Psychiatry and the CIA, op. cit., pág. 120. Nota a pie de página: Thomas, Journey into Madness, pág. 129.

“CIA, Memorándum for the Record, Subject: Project ARTICHOKE”, 31 de enero de 1975 .

Alfred W. McCoy, “Cruel Science: CIA Torture & Foreign Policy”, New England Journal of Public Policy, vol. 19, n° 2, invierno de 2005, pág. 218.

Alfred W. McCoy, A Question of Torture: CIA Interrogation, from the Cold War to the War on Terror, Nueva York, Metropolitan Books, 2006, págs. 22 y 30.

Entre los que se encontraron tomando LSD sin saberlo durante este período de experimentación hubo prisioneros de guerra de Corea del Norte; un grupo de pacientes en un centro de tratamiento de adicción a las drogas en Lexington, Kentucky; varios miles de soldados estadounidenses en el arsenal químico Edgewood de Maryland, y los presos de la cárcel de Vacaville, en California. Ibídem, págs. 27 y 29.

“Una nota anónima encontrada en los archivos identifica al doctor Caryl Haskins y al comandante R. J. Williams como los representantes de la CIA en la reunión.” David Vienneau, “Ottawa Paid for ’50s Brainwashing Experiments, Files Show”, Toronto Star, 14 de abril de 1986; “Minutes of June 1, 1951, Canada/US/UK Meeting Re: Communist “Brainwashing” Techniques during the Korean War”, reunión en el hotel Ritz -Carlton, Montreal, 1 de junio de 1951, pág. 5.

D. O. Hebb, W. Heron y W. H. Bexton, Annual Report, contrato DRB X38, Estudios Experimentales de Actitud, 1953.

Defense Research Board Report to Treasury Board, 3 de agosto de 1954, desclasificado, pág. 2.

“Distribution of Proceedings of Fourth Symposium, Military Medicine, 1952”, desclasificado.

Zuhair Kashmeri, “Data Show CIA Monitored Deprivation Experiments”, Globe and Mail (Toronto), 18 de febrero de 1984.

Ibídem.

Hebb, Heron y Bexton, Annual Reporl, contrato DRB X38, págs. 1 -2.

Juliet O’Neill, “Brain Washing Tests Assailed by Experts”, Globe and Mail (Toronto), 27 de noviembre de 1986.

Thomas, Journey into Madness, op. cit., pág. 103; John D. Marks, The Search for the Manchurian Candiadate: The CIA and Mind Control, Nueva York, Times Books, 1979, pág. 133.

R. J. Russell, L. G. M. Page y R. L. Jillett, “Intensified Electroconvulsant Therapy”, Lancet, 5 de diciembre de 1953, pág. 1.178.

Cameron, Lohrenz y Handcock, “The Depatterning Treatment of Schizophrenia”, op. cit., pág. 68.

Cameron, “Psychic Driving”, op. cit., pág. 504.

Thomas, Journey into Madness, op. cit., pág. 180.

D. Ewen Cameron y otros, “Sensory Deprivation: Effects upon the Functioning Human in Space Systems”, en Bernard E. Flaherty (comp.), Symposium on Psychophysiological Aspects of Space Flight, Nueva York, Columbia University Press, 1961, pág. 231; Cameron, “Psychic Driving”, op. cit., pág. 504.

Marks, The Search for the Manchurian Candidate, op. cit., pág. 138.

Cameron y Pande, “Treatment of the Chronic Paranoid Schizophrenic Patient”, op. cit., pág. 92.

Cameron, “Production of Differential Amnesia as a Factor in the Treatment of Schizophrenia”, op. cit., pág. 27.

Thomas, Journey into Madness, op. cit., pág. 234.

Cameron y otros, “Sensory Deprivation”, op. cit., págs. 226 y 232.

Lawrence Weschler, A Miracle, a Universe: Settling Accounts with Torturers, Nueva York, Pantheon Books, 1990, pág. 125.

Entrevista publicada en la revista canadiense Weekend, citada en Thomas, Journey into Madness, pág. 169.

Cameron, “Psychic Driving”, op. cit., pág. 508.

Cameron cita a otro investigador, Norman Rosenzweig, para apoyar su tesis. Cameron y otros, “Sensory Deprivation”, op. cit., pág. 229.

Weinstein, Psychiatry and the CIA, op. cit., pág. 222.

“Project MKUltra, The CIA’s Program of Research in Behavioral Modification”, Joint Hearíngs Before the Select Committee on Intelligence and the Subcommittee on Health and Scientific Research of the Committee on Human Resources, Senado de Estados Unidos, 95° Congreso, 1a sesión, 3 de agosto de 1977. Citado en Weinstein, Psychiatry and the CIA, pág. 178.

Ibídem, pág. 143.

James LeMoyne, “Testifying to Torture”, New York Times, 5 de junio de 1988.

Jennifer Harbury, Truth, Torture and the American Way: The History and Consequences of U.S. Involvement in Torture, Boston, Beacon Press, 2005, pág. 87.

Comité Selecto del Senado sobre Inteligencia, “Transcript of Proceedings before the Select Committee on Intelligence: Honduran Interrogation Manual Hearing”, 16 de junio de 1988 (caja 1: CIA Training Manuals; carpeta: Interrogation Manual Hearings. National Security Archives). Citado en McCoy, A Question of Torture, op. cit., pág. 96

Tim Weiner, “Interrogation, C.I.A. -Style”, New York Times, 9 de febrero de 1997; Steven M. Kleinman, “KUBARK Counterintelligence Interrogation Review: Observations of an Interrogator”, febrero de 2006, en Intelligence Science Board, Educing Information, Washington, D.C., National Defense Intelligence College, diciembre de 2006, pág. 96.

Central Intelligence Agency, Kubark Counterintelligence Interrogation, julio 1963, págs. 1 y 8. El manual desclasificado íntegro está disponible en los Archivos de Seguridad Nacional, . La cursiva se ha añadido.

Ibídem, págs. 1 y 38.

Ibídem, págs. 1 -2.

Ibídem, pág. 88.

Ibídem, pág. 90.

Central Intelligence Agency, Human Resource Exploitation Training Manual -1983. El manual desclasificado íntegro está disponible en los Archivos de Seguridad Nacional, . Nota a pie de página: Ibídem.

Central Intelligence Agency, Kubark Counterintelligence Interrogation, julio de 1963, págs. 49 -50, 76 -77.

Ibídem, págs. 41 y 66.

McCoy, A Question of Torture, pág. 8.

McCoy, “Cruel Science”, pág. 220.

Frantz Fanón, A Dying Colonialism, trad. de Haakon Chevalier (1965), reimp. Nueva York, Grove Press, 1967, pág. 138.

Pierre Messmer, ministro de Defensa francés entre 1960 y 1968, dijo que los estadounidenses invitaron a los franceses a que formaran soldados estadounidenses. En respuesta, el general Paul Aussaresses, el más notorio e impenitente de los expertos franceses en torturas, fue a Fort Bragg e instruyó a los soldados estadounidenses en técnicas de “captura, interrogatorio y tortura”. Death Squadrons: The French School. documental dirigido por Marie -Monique Robín (Idéale Audience, 2003).

McCoy, A Question of Torture, pág. 65.

Dianna Ortiz, The Blindfold’s Eyes, Nueva York, Orbis Books, 2002, pág. 32.

Harbury, Truth, Torture and the American Way, op. cit.

Naciones Unidas, Convención de Ginebra relativa al tratamiento de los prisioneros de guerra, adoptada el 12 de agosto de 1949, ; Uniform Code of Military Justice, Subcapítulo 10: Artículos punitivos, sección 893, artículo 93

Central Intelligence Agency, Kubark Counterintelligence Interrogation, op. cit.. pág. 2; Central Intelligence Agency, Human Resource Exploitation Training Manual -1983,op. cit.

Craig Gilbert, “War Will Be Stealthy”, Milwaukee Journal Sentinel, 17 de septiembre de 2001; Garry Wills, Reagan’s America: Innocents at Home, Nueva York, Doubleday, 1987, pág. 378.

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Jerald Phifer, “Subject: Request for Approval of Counter -Resistance Strategies”, Memorandum for Commander, Joint Task Force 170, 11 de octubre de 2002, pág. 6. Desclasificado

Departamento de Justicia de Estados Unidos, Oficina del Asesor Legal, Oficina del Asistente del Fiscal General, Memorandum for Alberto R. Gonzales, Counsel to the President, 1 de agosto de 2002, . Nota a pie de página: “Military Commissions Act of 2006”, subcapítulo VII, secc. 6, ; Alfred W. McCoy, “The U.S. Has a History of Using Torture”, History News Network, George Mason University, 4 de diciembre de 2006, ; “The Imperial Presidency at Work”, New York Times, 15 de enero de 2006.

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EL OTRO DOCTOR SHOCK

Milton Friedman y la búsqueda de un laboratorio de laissez -faire

Los tecnócratas económicos podrán estructurar una reforma fiscal aquí, una nueva ley de seguridad social por allá o un régimen modificado de cambio de divisas en alguna otra parte, pero en realidad nunca podrán permitirse el lujo de una tabla rasa sobre la que construir, en su máximo esplendor, el marco completo de sus políticas económicas favoritas.
ARNOLD HARBERGER

profesor de económicas de la Universidad de Chicago, 19981

Hay pocos ambientes académicos envueltos en un aura más mítica que la Facultad de Economía de la Universidad de Chicago en la década de 1950, un lugar que era intensamente consciente de sí mismo no sólo como escuela sino como escuela de pensamiento.

No se limitaba a preparar estudiantes, sino que construía y fortalecía la Escuela de Chicago de economía, la creación de una agrupación de académicos conservadores cuyas ideas representaban un baluarte revolucionario contra el pensamiento “estatista” dominante entonces.

No se pasaba a través de las puertas del Edificio de Ciencias Sociales, bajo un cartel que decía “La ciencia es medida” ni se entraba en el legendario comedor, donde los estudiantes ponían a prueba su fuste intelectual atreviéndose a desafiar a sus titánicos profesores, para conseguir algo tan prosaico como una licenciatura. Se pasaban esas puertas para alistarse e ir a la guerra.

Como dijo Gary Becker, economista conservador ganador del Premio Nobel,

“éramos guerreros que combatíamos con la mayor parte del resto del gremio”.2

Igual que el departamento psiquiátrico de Ewen Cameron en McGill durante ese mismo periodo, la Facultad de Economía de la Universidad de Chicago estaba subyugada por un hombre ambicioso y carismático embarcado en una cruzada para revolucionar por completo su profesión.

Ese hombre era Milton Friedman.

Aunque tenía muchos mentores y colegas que creían igual de firmemente que él en el laissez -faire más radical, fue el impulso de Friedman lo que aportó a la escuela su fervor revolucionario.

“La gente siempre me preguntaba: “¿Por qué estás tan nervioso? ¿Tienes una cita con una mujer guapa?””, recuerda Becker. “Yo decía: “No, ¡voy a una clase de economía!”. Ser un estudiante con Milton era verdaderamente mágico”.3

La misión de Friedman, como la de Cameron, se basaba en el sueño de regresar a un estado de salud “natural” donde todo estaba en equilibrio, antes de que las interferencias humanas crearan patrones de distorsión.

Si Cameron soñaba con devolver la mente humana a ese estado puro, Friedman soñaba con eliminar los patrones de las sociedades y devolverlas a un estado de capitalismo puro, purificado de toda interrupción como pudieran ser las regulaciones del gobierno, las barreras arancelarias o los intereses de ciertos grupos.

También al igual que Cameron, Friedman creía que cuando la economía estaba muy distorsionada, la única manera de alcanzar el estado previo era infligir deliberadamente dolorosos shocks:

sólo una “medicina amarga” podía borrar todas esas distorsiones y pautas perjudiciales.

Cameron usaba electricidad para provocar sus shocks; la herramienta que escogió Friedman fue la política, exigiendo que políticos atrevidos de países en dificultades adoptaran la perspectiva del tratamiento de shock.

A diferencia de Cameron, sin embargo, quien podía aplicar de forma instantánea sus teorías sobre sus pacientes desprevenidos, Friedman necesitaría dos décadas y varios giros y evoluciones de la historia antes de disfrutar de la oportunidad de poner en práctica en el mundo real sus sueños de creación y limpieza radical.

Frank Knight, uno de los fundadores de la Escuela de Chicago, creía que los profesores debían “inculcar” en sus alumnos la creencia de que cada teoría económica es “una característica sagrada del sistema”, no una hipótesis sometida a debate.4

El núcleo de buena parte de la doctrina de Chicago era que las fuerzas económicas de la oferta, demanda, inflación y desempleo eran como las fuerzas de la naturaleza, fijas e inmutables. En el auténtico libre mercado imaginado en las clases y en los textos de Chicago, estas fuerzas coexistían en perfecto equilibrio, la oferta reaccionando con la demanda de la misma forma que la luna empuja las mareas.

Si las economías sufrían de una alta tasa de inflación era invariablemente porque, según la estricta teoría del monetarismo de Friedman, políticos mal aconsejados habían permitido que entrase demasiado dinero en el sistema en lugar de dejar que el mercado alcanzase el equilibrio por sí solo.

Del mismo modo que se autorregulan los ecosistemas, manteniéndose en equilibrio, el mercado, si se le dejaba a su libre albedrío, crearía el número preciso de productos a los precios exactamente adecuados, producidos por trabajadores con sueldos exactamente adecuados para comprar esos productos: un edén de pleno empleo, creatividad sin límites e inflación cero.

Según el sociólogo de Harvard Daniel Bell, este amor por un sistema ideal es el rasgo definitorio de la economía radical del libre mercado.

El capitalismo se considera,

“un precioso conjunto de movimientos” o “una maquinaria celestial […] una obra de arte tan perfecta que uno le lleva a pensar en los célebres cuadros de Apeles, que pintó un racimo de uvas tan realista que los pájaros se acercaban a comérselas”.5

El desafío para Friedman y sus colegas era cómo demostrar que un mercado del mundo real podía estar a la altura de sus fantasías perfectas.

Friedman siempre se enorgulleció de acercarse a la economía con el mismo rigor con el que un físico o un químico se acercan a sus disciplinas. Pero los científicos del mundo físico recurrían a las reacciones de los elementos para probar sus teorías.

Friedman no podía recurrir a ninguna economía real que demostrase que si se eliminaban todas las “distorsiones” lo que quedaba era una sociedad de la abundancia con perfecta salud, pues ningún país del mundo reunía los criterios necesarios para ser considerado un ejemplo del perfecto laissez-faire.

Como no podía demostrar sus teorías en los bancos centrales o ministerios de Comercio, Friedman y sus colegas tuvieron que contentarse con elaborar ingeniosas ecuaciones matemáticas y modelos computerizados en los talleres de los sótanos del Edificio de Ciencias Sociales.

Friedman había llegado a la economía seducido por su amor hacia los números y los sistemas.

En su autobiografía dice que su momento de epifanía llegó cuando un profesor de geometría de su instituto escribió el teorema de Pitágoras en la pizarra y entonces, sobrecogido por su elegancia, citó un fragmento de la “Oda a una urna griega” de John Keats:

“”La belleza es la verdad, la verdad, belleza”, eso es todo / lo que sabes en la Tierra y todo lo que necesitas saber”.6

Friedman transmitió ese mismo éxtasis de amor por un sistema elegante y onmicomprensivo a generaciones de economistas, junto con un deseo de simplicidad, elegancia y rigor.

Como todas las fes fundamentalistas, la economía de la Escuela de Chicago es, para los verdaderos creyentes, un sistema cerrado. La premisa inicial es que el libre mercado es un sistema científico perfecto, un sistema en el que los individuos, siguiendo sus propios intereses, crean el máximo beneficio para todos.

Se sigue ineluctablemente que si algo no funciona en una economía de libre mercado – alta inflación o desempleo – tiene que ser porque el mercado no es auténticamente libre. Tiene que haber alguna intromisión, alguna distorsión del sistema. La solución de Chicago es siempre la misma: aplicar de forma más estricta y completa los fundamentos del libre mercado.

Cuando Friedman murió, en 2006, los escritores de las necrológicas se esforzaron por resumir la magnitud de su legado.

Uno de ellos escribió lo siguiente:

“El mantra de Milton relativo al libre mercado, libertad de precios, libertad de los consumidores y libertad económica es el responsable de la prosperidad global que disfrutamos hoy en día”.7

Es parcialmente cierto. La naturaleza de la prosperidad global – quién se beneficia de ella y quién no, de dónde surge – es un tema todavía abierto a debate, por supuesto.

Lo que es irrefutable es el hecho de que el manual de reglas de libre mercado de Friedman y sus astutas estrategias para imponerlo han hecho que algunas personas prosperen extraordinariamente y les ha conseguido algo muy cercano a la libertad completa: ignorar las fronteras nacionales, evitar leyes y tasación y amasar nueva riqueza.

Este don de tener ideas altamente rentables parece hundir sus raíces en la infancia de Friedman. Sus padres fueron inmigrantes húngaros que compraron una empresa textil en Rahway, Nueva Jersey.

El apartamento de la familia estaba en el mismo edificio que la fábrica que, escribió Friedman,

“hoy se consideraría una fábrica en la que se explotaba a los obreros”.8

Aquéllos eran tiempos difíciles para los patronos de fábricas que explotaban a los obreros, con marxistas y anarquistas organizando a los trabajadores inmigrantes en sindicatos que exigían medidas de seguridad y fines de semana libres y que debatían la teoría de la propiedad obrera de los medios de producción en reuniones al finalizar sus turnos de trabajo.

Como hijo del jefe, Friedman sin duda recibió un punto de vista muy distinto sobre estos debates.

Al final, la fábrica de su padre quebró, pero en sus clases y apariciones televisivas, Friedman habló a menudo de ella, invocándola como un ejemplo de los beneficios del capitalismo sin regulaciones, una prueba de que incluso los peores y menos reglamentados trabajos ofrecen una forma de subir el primer peldaño en la escalera hacia la libertad y la prosperidad.

Buena parte del atractivo de la economía de la Escuela de Chicago era que, en unos tiempos en que las ideas de la izquierda radical sobre el poder de los trabajadores ganaban fuerza en todo el mundo, ofrecía una forma de defender los intereses de los propietarios que era igual de radical y estaba imbuida de su propia forma de idealismo.

En palabras del propio Friedman, sus ideas no consistían en defender el derecho de los propietarios de fábricas a pagar salarios bajos, sino, más bien, consistían en una búsqueda de la forma más pura posible de,

“democracia participativa”, puesto que en el libre mercado “todo hombre puede votar, por así decirlo, por el color de corbata que prefiere”.9

Donde los izquierdistas prometían liberar a los trabajadores de sus jefes, a los ciudadanos de la dictadura y a los países del colonialismo, Friedman prometía “libertad individual”, un proyecto que elevaba a cada ciudadano individual por encima de cualquier actividad colectiva y les liberaba para expresar su libre albedrío a través de sus elecciones como consumidores.

“Lo que resulta particularmente emocionante eran las mismas cualidades que hicieron el marxismo tan atractivo para muchos otros jóvenes de aquellos tiempos”, recuerda el economista Don Patinkin, que estudió en Chicago en los años cuarenta, “simplicidad unida a una aparente completitud lógica; idealismo combinado con radicalismo”.10

Los marxistas tenían su utopía trabajadora, y los de Chicago tenían su utopía de los emprendedores, y ambos afirmaban que si se salían con la suya, se llegaría a la perfección y al equilibrio.

La cuestión, como siempre, era cómo conseguir llegar a ese lugar maravilloso desde aquí. Los marxistas lo tenían claro: la revolución. Había que librarse del sistema actual y reemplazarlo por el socialismo. Para los de Chicago la respuesta no era tan clara. Estados Unidos ya era un país capitalista pero, según lo veían ellos, lo era a duras penas.

Tanto en Estados Unidos como en todas las supuestas economías capitalistas, los de Chicago veían interferencias por todas partes.

Los políticos fijaban precios para hacer algunos productos más asequibles; fijaban salarios mínimos para que no se explotara a los trabajadores y para que todo el mundo tuviera acceso a la educación, que mantenían en manos del Estado.

Muchas veces podía parecer que estas medidas ayudaban a la gente, pero Friedman y sus colegas estaban convencidos – y lo “probaron” en sus modelos – de que lo que en realidad hacían era un daño enorme al equilibrio del mercado y perjudicaban la capacidad de sus diversas señales para comunicarse entre ellas. La misión de la Escuela de Chicago, pues, era conseguir una purificación.

Debían liberar al mercado de esas interrupciones para que así el libre mercado pudiera elevar su canto.

Por este motivo los de Chicago no consideraban al marxismo su auténtico enemigo. La auténtica fuente de sus problemas estaba en las ideas de los keynesianos en Estados Unidos, los socialdemócratas en Europa y los desarrollistas en lo que entonces se llamaba el Tercer Mundo.

Toda esa gente no creía en la utopía, sino en economías mixtas, que a ojos de Chicago no eran más que horribles batiburrillos de capitalismo para la fabricación y distribución de productos de consumo, socialismo en la educación, propiedad del Estado en servicios básicos como el agua y de toda clase de leyes diseñadas para atemperar los extremos del capitalismo. Igual que el fundamentalista religioso respeta, aunque les odie, a los fundamentalistas de otras fes y a los ateos y desprecia al creyente informal, los de Chicago declararon la guerra a esos economistas eclécticos.

Lo que buscaban los de Chicago no era exactamente una revolución, sino una Reforma: un retorno a un capitalismo puro, no contaminado.

Buena parte de este purismo procedía de Friedrich Hayek, el gurú personal de Friedman, que también dio clases en la Universidad de Chicago durante parte de la década de 1950. Aquel austriaco austero advirtió que cualquier intervención del gobierno en la economía llevaba a la sociedad “por el camino de la servidumbre” y debía ser evitada.11

Según Arnold Harberger, que enseñó muchos años en Chicago, “los austriacos”, que era como se conocía a aquel subgrupo dentro del grupo, defendían a capa y espada que cualquier intervención estatal no sólo era perjudicial, sino,

“malvada […]. Es como si ahí fuera hubiera una imagen preciosa pero muy compleja, que se mantiene por sí misma en perfecto equilibrio, ¿comprende?, y si hay una mota donde no debiera haberla, bien, se trata de algo horrible […] es un defecto que estropea esa belleza”.12

En 1947, cuando Friedman se unió a Hayek para formar la Sociedad Mont Pelerin, un club de economistas partidarios del libre mercado cuyo nombre procedía de su sede en Suiza, la sociedad no consideraba adecuado defender que las empresas debían tener libertad para gobernar el mundo como creyeran conveniente.

Todavía estaba fresco el recuerdo del crash de 1929 y de la Gran Depresión que le siguió: los ahorros de toda una vida perdidos de la noche a la mañana, los suicidios, las colas para un plato de sopa en la caridad, los refugiados… La magnitud de aquel desastre del mercado había hecho que cobrara fuerza la exigencia de que el gobierno participara activamente en la economía.

La Depresión no supuso el final del capitalismo, pero sí fue, como John Maynard Keynes había previsto unos pocos años antes, “el fin del laissez -faire”, el fin de la libertad del mercado para regularse a sí mismo.13

Desde la década de 1930 hasta principios de la de 1950 transcurrió un período de mucho faire: el ethos de manos a la obra del New Deal dio paso al esfuerzo bélico, se lanzaron programas públicos que ofrecieron los puestos de trabajo que tanta falta hacían y se diseñaron nuevos programas sociales para evitar que un número cada vez mayor de personas se pasara a la extrema izquierda.

Fue una época en la que los pactos entre la izquierda y la derecha no se consideraban algo sucio, sino parte de lo que muchos veían como la noble misión de evitar un mundo – como Keynes le escribió al presidente Franklin D. Roosevelt en 1933 – en el que “ortodoxia y revolución” se vieran obligadas “a enfrentarse entre ellas”.14

John Kenneth Galbraith, heredero de las ideas de Keynes en Estados Unidos, definió la principal misión de economistas y políticos como “evitar la depresión y prevenir el desempleo”.15

La Segunda Guerra Mundial hizo que la lucha contra la pobreza cobrara nueva urgencia. El nazismo había calado en Alemania en una época en que ese país estaba sumido en una durísima depresión económica provocada por las reparaciones de guerra impuestas tras la Primera Guerra Mundial y agravada por la crisis de 1929.

Keynes advirtió desde el primer momento que si el mundo adoptaba una estrategia de laissez -faire respecto a la pobreza de Alemania, las consecuencias serían terribles:

“La venganza, me atrevo a predecir, no tardará en llegar”.16

En aquellos tiempos nadie hizo caso a sus palabras, pero cuando se reconstruyó Europa después de la Segunda Guerra Mundial, las potencias occidentales abrazaron el principio de que las economías de mercado debían garantizar un nivel de dignidad básica lo suficientemente alto como para que los ciudadanos desilusionados no se tornaran de nuevo hacia ideologías más seductoras, fueran el fascismo o el comunismo.

Fue este imperativo pragmático lo que llevo a la creación de casi todo lo que asociamos hoy en día con la pasada época del capitalismo “decente”: seguridad social en Estados Unidos, sanidad pública en Canadá, asistencia social en Gran Bretaña y protección del trabajador en Francia y Alemania.

En el mundo en vías de desarrollo se imponía una tendencia similar, más radical, que se conoció con el nombre de desarrollismo o de nacionalismo del Tercer Mundo. Los economistas desarrollistas afirmaban que sus países escaparían por fin de la pobreza si llevaban a cabo una estrategia de industrialización orientada al interior en lugar de recurrir a la exportación de recursos naturales, cuyos precios cada vez eran más bajos, a Europa o América del Norte.

Defendían reglamentar o incluso nacionalizar la explotación del petróleo, minerales y otras industrias claves, de modo que buena parte de los beneficios obtenidos sirvieran para financiar un proceso de desarrollo financiado por el gobierno.

Hacia la década de 1950 los desarrollistas, igual que los keynesianos y los socialdemócratas de los países ricos, podían enorgullecerse de una serie de impresionantes éxitos.

El laboratorio más avanzado del desarrollismo fue el extremo sur de América Latina, conocido como el Cono Sur:

Chile

Argentina

Uruguay

partes de Brasil

El epicentro fue la Comisión Económica de Naciones Unidas para América Latina, con sede en Santiago de Chile, dirigida por el economista Raúl Prebisch desde 1950 a 1963.

Prebisch formó a economistas en la teoría desarrollista y los envió a que sirvieran de asesores económicos de gobiernos de todo el continente. Los políticos nacionalistas como el argentino Juan Perón pusieron en práctica sus ideas con enorme placer, volcando grandes cantidades de dinero público en infraestructuras como autopistas y fundiciones, ofreciendo a los empresarios locales generosos subsidios para que construyeran fábricas que fabricaran coches o lavadoras y evitando la entrada de productos extranjeros con unos aranceles prohibitivamente altos.

Durante este trepidante período de expansión, el Cono Sur empezó a parecerse más a Europa o Norteamérica que a otras partes de América Latina o del Tercer Mundo.

Los trabajadores de las nuevas fábricas fundaron poderosos sindicatos que negociaron salarios de clase media y sus hijos estudiaron en las recién construidas universidades públicas. La enorme distancia entre la élite de club de polo de la región y las masas campesinas empezó a acortarse.

En la década de 1950 Argentina tenía la clase media más numerosa de todo el continente y el vecino Uruguay una tasa de alfabetización del 95 % y un sistema de sanidad pública gratuita para sus ciudadanos.

El desarrollismo consiguió unos éxitos tan indiscutibles durante un tiempo, que el Cono Sur de América Latina se convirtió en un símbolo para los países pobres de todo el mundo:

allí estaba la prueba de que si se seguían políticas prácticas e inteligentes y se implementaban de forma agresiva, la brecha de clases entre el Primer y el Tercer Mundo podía de verdad cerrarse.

El éxito de las economías planificadas – en el norte keynesiano y en el sur desarrollista – supuso una época oscura para el Departamento de Economía de la Universidad de Chicago.

A los archienemigos de los de Chicago en Harvard, Yale y Oxford los reclutaban presidentes y primeros ministros para que les ayudaran a domar a la bestia del mercado; a casi nadie le interesaban las atrevidas ideas de Friedman sobre dejar que se moviera todavía más libre que antes. Había, sin embargo, unas pocas personas que sí estaban muy interesadas en las ideas de la Escuela de Chicago. Eran pocas, pero muy poderosas.

Para los dirigentes de las multinacionales estadounidenses, que tenían que lidiar con un mundo en desarrollo cada vez más hostil y unos sindicatos cada vez más poderosos en casa, los años de crecimiento de la posguerra fueron una época inquietante. La economía crecía a buen ritmo, se creó mucha riqueza, pero propietarios y accionistas se veían obligados a redistribuir gran parte de esa riqueza a través de los impuestos que gravaban a las empresas y de los salarios de los trabajadores.

Era un arreglo con el que a todo el mundo le iba bien, pero un retorno a las reglas anteriores al New Deal podía hacer que a unos pocos les fuera mucho mejor.

La revolución keynesiana contra el laissez -faire le estaba saliendo muy cara al sector privado. Lo que hacía falta para recuperar el terreno perdido era claramente una contrarrevolución contra el keynesianismo, un retorno a una forma de capitalismo que tuviera incluso menos trabas que el capitalismo de antes de la Depresión.

No era una cruzada que pudiera liderar el propio Wall Street, no en aquel clima.

Si Walter Wriston, gerente de Citibank e íntimo amigo de Friedman, se hubiera atrevido a decir que el salario mínimo y los impuestos a las empresas deberían abolirse, le hubieran acusado al instante de ser un explotador. Y ahí es donde entró en juego la Escuela de Chicago.

Pronto quedó claro que cuando Friedman, que era un matemático brillante y un hábil orador, afirmaba exactamente esas mismas cosas, éstas adquirían un cariz muy distinto. Puede que se rechazaran como equivocadas, pero quedaban imbuidas de un aura de imparcialidad científica.

El efecto enormemente beneficioso de hacer que las posiciones de las empresas fueran presentadas en boca de instituciones académicas o cuasi académicas hizo que llovieran donaciones sobre la Escuela de Chicago pero además, en muy poco tiempo, dio a luz a una red global de think tanks de derechas que darían cobijo a los soldados de a pie de la contrarrevolución en todo el mundo.

Todo se centraba en el inquebrantable mensaje de Friedman: todo se estropeó con el New Deal.

Ahí fue donde tantos países,

“incluido el mío, empezaron a ir por el mal camino”.17

Para que los gobiernos volvieran al camino correcto, Friedman, en su popular libro Capitalismo y libertad, diseñó lo que se convertiría en el manual del libre mercado y que, en Estados Unidos, constituiría el programa económico del movimiento neoconservador.

En primer lugar los gobiernos deben eliminar todas las reglamentaciones y regulaciones que dificulten la acumulación de beneficios.

En segundo lugar deben vender todo activo que posean que pudiera ser operado por una empresa y dar beneficios.

Y en tercer lugar deben recortar drásticamente los fondos asignados a programas sociales.

Dentro de la fórmula de tres partes de desregulación, privatización y recortes, Friedman tenía muchas salvedades.

Los impuestos, si tenían que existir, debían ser bajos y ricos y pobres debían pagar la misma tasa fija. Las empresas debían poder vender sus productos en cualquier parte del mundo y los gobiernos no debían hacer el menor esfuerzo por proteger a las industrias o propietarios locales. Todos los precios, también el precio del trabajo, debían ser establecidos por el mercado.

El salario mínimo no debía existir. Como cosas a privatizar, Friedman proponía la sanidad, correos, educación, pensiones e incluso los parques nacionales. En resumen, abogaba de forma bastante descarada por el abandono del New Deal, aquella incómoda tregua entre el Estado, las empresas y los trabajadores que había impedido que se produjera una revolución popular tras la Gran Depresión.

La contrarrevolución de la Escuela de Chicago pretendía que los trabajadores devolvieran las medidas de protección que habían ganado y que el Estado abandonara los servicios que ofrecía a sus ciudadanos para suavizar los cantos más afilados del mercado.

Y pretendía todavía más: quería expropiar lo que gobiernos y trabajadores habían construido durante aquellas décadas de febril actividad en el sector de las obras públicas.

Los activos que Friedman apremiaba a los gobiernos a vender eran el resultado de años de inversiones y know -how público, necesarios para construirlos y hacerlos valiosos. Por lo que a Friedman atañía, por una cuestión de principios había que transferir toda aquella riqueza compartida a manos privadas.

Aunque embozada en el lenguaje de las matemáticas y la ciencia, la visión de Friedman coincidía al detalle con los intereses de las grandes multinacionales, que por naturaleza ansiaban nuevos grandes mercados sin trabas.

En la primera etapa de la expansión capitalista el colonialismo aportó ese tipo de crecimiento feroz “descubriendo” nuevos territorios y apoderándose de tierras sin pagar por ellas para luego extraer sus riquezas sin compensar a la población local.

La guerra que Friedman había declarado contra el “Estado del bienestar” y el “gran gobierno” prometía un nuevo frente de rápido enriquecimiento, sólo que esta vez en lugar de conquistar nuevos territorios la nueva frontera sería el propio Estado, con sus servicios públicos y otros activos subastados por mucho menos dinero del que realmente valían.

LA GUERRA CONTRA EL DESARROLLISMO
En los Estados Unidos de la década de 1950 todavía quedaban varias décadas para acceder a ese tipo de enriquecimiento.

Incluso con un republicano de línea dura en la Casa Blanca como Dwight Eisenhower, no había ninguna posibilidad de que se efectuara un giro radical a la derecha como el que proponían los de Chicago: los servicios públicos y las garantías a los trabajadores eran demasiado populares y Eisenhower tenía el ojo puesto en las siguientes elecciones.

Aunque no tenía muchas ganas de revocar el keynesianismo en casa, Eisenhower resultó más que dispuesto a emprender medidas rápidas y radicales para derrotar al desarrollismo en el extranjero. Fue una campaña en la que la Escuela de Chicago acabaría jugando un papel fundamental.

Cuando Eisenhower juró el cargo en 1953, Irán estaba dirigido por un líder desarrollista, Mohamed Mossadegh, que ya había nacionalizado el petróleo, e Indonesia estaba en manos del cada vez más ambicioso Ahmed Sukarno, que hablaba de unir todos los gobiernos nacionalistas del Tercer Mundo en una superpotencia a la par con Occidente y el bloque soviético.

El Departamento de Estado estaba particularmente preocupado por el creciente éxito de los nacionalismos económicos en el Cono Sur.

En unos tiempos en que buena parte del globo miraba al estalinismo y el maoísmo como soluciones, las propuestas desarrollistas de “sustitución de importaciones” resultaban bastante centristas. Aun así, la idea de que América Latina merecía tener su propio New Deal tenía poderosos enemigos.

A los terratenientes feudales del continente les gustaba el antiguo statu quo, que les permitía tener grandes beneficios y una masa inagotable de campesinos pobres para trabajar sus campos y minas.

Ahora se sentían ultrajados al ver cómo se canalizaban sus beneficios en la construcción de otros sectores, cómo sus trabajadores exigían una redistribución de la tierra y cómo el gobierno mantenía el precio de sus cosechas artificialmente bajo para que la comida no resultara demasiado cara.

Las empresas estadounidenses y europeas que operaban en América Latina empezaron a plantear quejas similares a sus respectivos gobiernos:

sus productos eran bloqueados en las aduanas, sus trabajadores exigían sueldos mayores y, lo que resultaba todavía más alarmante, cada vez se hablaba más de nacionalizar desde las minas hasta los bancos propiedad de extranjeros para financiar el sueño latinoamericano de la independencia económica.

Bajo la presión de estos intereses empresariales, surgió en los círculos de la diplomacia estadounidense e inglesa un movimiento que intentaba colocar a los gobiernos desarrollistas en la lógica binaria típica de la Guerra Fría.

No había que dejarse engañar por el aspecto democrático y moderado de estos gobiernos, afirmaban estos halcones: el nacionalismo del Tercer Mundo era el primer paso en el camino hacia el comunismo totalitario y había que acabar con él antes de que echara raíces.

Dos de los principales defensores de esta teoría fueron John Foster Dulles, el secretario de Estado de Eisenhower, y su hermano Alien Dulles, director de la recién creada CIA.

Antes de ocupar cargo público, ambos habían trabajado en el legendario bufete de abogados Sullivan & Cromwell, de Nueva York, donde habían representado a muchas de las empresas que más tenían que perder con el desarrollismo, entre las cuales se contaban,

J. P. Morgan & Company

la International Nickel Company

la Cuban Sugar Cane Corporation

la United Fruit Company.18

Los resultados de la influencia de los Bulles fueron inmediatos:

en 1953 y 1954 la CIA lanzó sus dos primeros golpes de Estado, ambos contra gobiernos del Tercer Mundo que se identificaban mucho más con Keynes que con Stalin.

El primero fue en 1953, cuando un complot de la CIA consiguió derrocar a Mossadegh en Irán y reemplazarlo por el brutal sha. El siguiente fue el golpe que la CIA patrocinó en 1954 en Guatemala, llevado a cabo por una petición directa de la United Fruit Company.

La empresa, que contaba con la atención de los Dulles desde sus días en Cromwell, estaba indignada porque el presidente Jacobo Arbenz Guzmán había expropiado tierras que no usaba (ofreciendo la correspondiente indemnización) como parte de su proyecto para transformar Guatemala, en sus propias palabras,

“de un país atrasado con una economía predominantemente feudal en un Estado capitalista moderno”, objetivo al parecer inaceptable.19

En poco tiempo se derrocó a Arbenz y la United Fruit volvió a regir los destinos del país. Erradicar el desarrollismo del Cono Sur, donde había arraigado mucho más, era una cuestión mucho más compleja.

Sobre ello discutieron dos estadounidenses que se reunieron en Santiago de Chile en 1953.

Uno era Albion Patterson, director de la Administración para la Cooperación Internacional en Chile – la agencia gubernamental que con el tiempo se convertiría en USAID

El segundo Theodore W. Schultz, presidente del Departamento de Economía de la Universidad de Chicago.

A Patterson le preocupaba cada vez más la creciente influencia de Raúl Prebisch y los demás economistas “rosas” de América Latina.

“Lo que hay que hacer es cambiar la formación de los hombres, influir en la educación, que es nefasta”, había dicho a un colega.20

Este objetivo coincidía con la creencia de Schultz de que el gobierno de Estados Unidos no se empleaba lo necesario en la guerra intelectual contra el marxismo.

“Estados Unidos debe reconsiderar sus programas económicos para el extranjero […] queremos que [los países pobres] trabajen en su salvación económica vinculándose a nosotros y que su desarrollo económico se consiga a nuestra manera”, dijo.21

Los dos hombres diseñaron un plan que convertiría Santiago, un semillero de la economía centrada en el Estado, en lo opuesto, un laboratorio para experimentos de vanguardia sobre el mercado, ofreciendo así a Milton Friedman lo que deseaba hacía tanto tiempo: un país en el que poner a prueba sus queridas teorías.

El plan original era sencillo: el gobierno estadounidense pagaría para enviar a estudiantes chilenos a aprender economía en lo que prácticamente todo el mundo reconocía que era el lugar más rabiosamente anti “rosa” del mundo: la Universidad de Chicago.

Schultz y sus colegas en la universidad también recibirían dinero para viajar a Santiago, investigar la economía chilena y formar estudiantes y profesores en los fundamentos de la Escuela de Chicago.

Lo que diferenciaba este plan de los otros muchos programas de formación estadounidenses que becaban a alumnos latinoamericanos era su carácter desvergonzadamente ideológico.

Al escoger Chicago para formar economistas chilenos – una universidad en la que los profesores abogaban por el casi completo desmantelamiento del gobierno con tenaz insistencia – el Departamento de Estado estadounidense disparaba un torpedo bajo la línea de flotación en su guerra contra el desarrollismo, diciéndoles de hecho a los chilenos que el gobierno de Estados Unidos había decidido qué ideas debían aprender sus mejores estudiantes y cuáles otras no.

Se trató de una intervención tan evidente de Estados Unidos en los asuntos de Latinoamérica que cuando Albion Patterson contactó con el rector de la Universidad de Chile, la principal universidad del país, y le ofreció una donación con la que financiar el programa de intercambio, el rector rechazó la oferta.

Dijo que sólo participaría si su claustro podía tener influencia sobre quién en Estados Unidos formaría a sus alumnos.

Patterson contactó entonces con el rector de una institución de menor importancia, la Universidad Católica de Chile, un centro mucho más conservador que carecía de Facultad de Economía.

El rector de la Universidad Católica aceptó la oferta encantado y así nació lo que en Washington y Chicago se conocería como “el Proyecto Chile”.

“Hemos venido aquí a competir, no a colaborar” dijo Schultz refiriéndose a la Universidad de Chicago, explicando por qué el programa estaría cerrado a todos los estudiantes chilenos excepto unos pocos elegidos.22

Esta postura combativa fue evidente desde el principio: el objetivo del Proyecto Chile era producir combatientes ideológicos que ganaran la batalla de las ideas contra los economistas “rosa” de América Latina.

Inaugurado oficialmente en 1956, el proyecto permitió que cien alumnos chilenos cursaran estudios de posgrado en la Universidad de Chicago entre 1957 y 1970, con la matriculación y los gastos a cargo de los contribuyentes y de fundaciones estadounidenses.

En 1965 se amplió el programa para incluir a estudiantes de toda Latinoamérica, con una proporción particularmente alta de argentinos, brasileños y mexicanos. La expansión se financió con una donación de la Fundación Ford y posibilitó la creación del Centro de Estudios Económicos Latinoamericanos de la Universidad de Chicago. Gracias a este programa hubo siempre entre cuarenta y cincuenta estudiantes latinoamericanos en la licenciatura de economía, aproximadamente un tercio del total de estudiantes del departamento.

En programas equivalentes de Harvard o del MIT sólo había cuatro o cinco latinoamericanos.

Fue un logro espectacular: en sólo una década, la ultraconservadora Universidad de Chicago se convirtió en el primer destino de los latinoamericanos que querían estudiar económicas en el extranjero, un hecho que cambiaría el curso de la historia de la región en las décadas siguientes.

El adoctrinamiento de los visitantes en la ortodoxia de la Escuela de Chicago se convirtió en una prioridad institucional apremiante.

El director del programa, el hombre responsable de hacer que los latinoamericanos se sintieran bienvenidos, era Arnold Harberger, un economista que vestía traje de safari, hablaba un español fluido, se había casado con una chilena y se describía a sí mismo como un “misionero muy comprometido”.23

Cuando llegaron los primeros estudiantes chilenos, Harberger creó un “taller de Chile” especial, donde los profesores de la Universidad de Chicago presentaban su diagnóstico altamente ideologizado de los problemas del país sudamericano y ofrecían sus recetas científicas para arreglarlos.

“Chile y su economía se convirtieron de repente en uno de los tópicos de conversación habituales en el departamento de Economía”, recuerda André Gunder Frank, que estudió con Friedman en la década de 1950 y luego se convirtió en un economista desarrollista reconocido a nivel mundial.24

Todas las políticas de Chile se pusieron bajo el microscopio y se consideraron defectuosas: su sólida red de seguridad social, su proteccionismo de la industria nacional, sus barreras arancelarias, su control de precios.

A los estudiantes se les enseñó a despreciar esos intentos de aliviar la pobreza y muchos de ellos dedicaron sus tesis doctorales a diseccionar las locuras del desarrollismo latinoamericano.25

Cuando Harberger regresaba de sus frecuentes viajes a Santiago en los años cincuenta y sesenta, Gunder Frank recuerda que se dedicaba a fustigar el sistema educativo y sanitario de Santiago de Chile – los mejores del continente – a los que consideraba,

“intentos absurdos de vivir por encima de sus medios subdesarrollados”.26

Dentro de la Fundación Ford había preocupación por financiar un programa tan abiertamente ideológico.

Algunos señalaron que los únicos conferenciantes latinoamericanos a los que se invitaba a dirigirse a los estudiantes eran ex alumnos del propio programa.

“Aunque la calidad y el impacto de esta empresa son innegables, su estrechez de miras ideológicas es un defecto grave”, escribió Jeffrey Puryear, un especialista latinoamericano de Ford en uno de los informes internos de la fundación.

“Los intereses de los países en vías de desarrollo no están bien cubiertos si se les expone sólo un punto de vista.”27

Esta evaluación no impidió que Ford continuara financiando el programa.

Cuando el primer grupo de chilenos regresó a casa al terminar sus estudios en Chicago, eran “más friedmanitas que el propio Friedman”, en palabras de Mario Zañartu, un economista de la Universidad Católica de Chile.* 28

* Water Heller, el famoso economista del gobierno de Kennedy, se burló en una ocasión de los seguidores de Friedman comparándolos con una secta y diciendo que se dividían en tres categorías: “Algunos son friedmanos, otros friedmanianos, otros fried-mánicos y otros friedmaníacos.”

Muchos trabajaron como profesores de economía en la Facultad de Económicas de la Universidad Católica, a la que convirtieron rápidamente en su pequeña Escuela de Chicago en el centro de Santiago:

el mismo programa educativo, los mismos textos en inglés y la misma inflexible insistencia en el conocimiento “puro” y “científico”.

Hacia 1963, doce de los trece miembros del claustro a tiempo completo de la facultad eran graduados del programa de la Universidad de Chicago y Sergio de Castro, uno de los primeros graduados, fue nombrado decano de la facultad.29

Ahora ya no hacía falta que los estudiantes chilenos viajaran a Estados Unidos: cientos de ellos podían recibir una educación al estilo de la Escuela de Chicago sin salir de casa.

A los estudiantes que participaron en el programa, fuera en Chicago o en su franquicia de Santiago, se les conocía como “los Chicago Boys”.

Gracias a más fondos de USAID, los Chicago Boys chilenos se convirtieron en entusiastas embajadores regionales de las ideas que los latinoamericanos llaman “neoliberalismo”, y viajaron a Argentina y Colombia para abrir más franquicias de la Universidad de Chicago para así,

“expandir este conocimiento por toda Latinoamérica, enfrentándose a las posiciones ideológicas que impedían la libertad y perpetuaban la pobreza y el atraso”, según lo expresó un graduado chileno.30

Juan Gabriel Valdés, ministro de Asuntos Exteriores chileno en la década de 1990, describió el proceso mediante el cual se formó a cientos de economistas chilenos en la ortodoxia de la Escuela de Chicago como,

“un asombroso ejemplo de una transferencia organizada de ideología desde Estados Unidos a un país de su esfera directa de influencia […] la educación de estos chilenos derivó de un proyecto específico diseñado en la década de 1950 para influir en el desarrollo del pensamiento económico chileno”.

Señaló que,

“han introducido en la sociedad chilena ideas que son completamente nuevas, conceptos enteramente ausentes en el “mercado de las ideas””.31

Fue una forma desvergonzada de imperialismo intelectual. Hubo, sin embargo, un problema: el sistema no funcionaba.

Según un informe de 1957 de la Universidad de Chicago a sus financiadores del Departamento de Estado,

“el propósito principal del proyecto” era formar a una generación de estudiantes “que se convirtieran en los líderes intelectuales de los asuntos económicos en Chile”.32

Pero los Chicago Boys no habían alcanzado el gobierno de sus países en ninguna parte. De hecho, estaban quedándose atrás.

A principios de la década de 1960 el principal debate económico en el Cono Sur no era el sostenido entre el capitalismo del laissez -faire y el desarrollismo, sino el que hablaba de cómo conseguir llevar el desarrollismo a su siguiente fase.

Los marxistas defendían nacionalizaciones masivas y reformas agrarias radicales; los centristas decían que la clave estaba en una cooperación económica mayor entre los países latinoamericanos, con el objetivo de transformar la región en un poderoso bloque comercial que pudiera rivalizar con Europa y América del Norte. En las urnas y en las calles, el Cono Sur estaba dando un giro a la izquierda.

En 1962 Brasil avanzó decididamente en esa dirección bajo la presidencia de Joao Goulart, un nacionalista económico decidido a redistribuir la tierra, ofrecer salarios más altos a los trabajadores y poner en marcha un atrevido plan que obligaría a las multinacionales extranjeras a reinvertir parte de sus beneficios en la economía brasileña en lugar de llevárselos corriendo del país para distribuirlos entre sus accionistas de Nueva York y Londres.

En Argentina, un gobierno militar trataba de derrotar unas propuestas similares prohibiendo que el partido de Juan Perón se presentase a las elecciones, pero sólo consiguió radicalizar todavía más a una nueva generación de jóvenes peronistas, muchos de los cuales estaban dispuestos a recurrir a las armas para recuperar el país.

Fue en Chile – el epicentro del experimento de Chicago – donde la derrota en la batalla de las ideas se hizo más evidente.

En las históricas elecciones chilenas de 1970 el país se había desplazado tan a la izquierda que, sin excepción, los tres principales partidos políticos estaban a favor de nacionalizar la principal fuente de dividendos del país: las minas de cobre controladas por grandes empresas mineras estadounidenses.33

En otras palabras, el Proyecto Chile había sido un fracaso muy caro. Como combatientes ideológicos que libraban una pacífica batalla de ideas con sus enemigos de la izquierda, los Chicago Boys habían fracasado completamente en su misión. No sólo el debate económico seguía derivando más y más a la izquierda, sino que los Chicago Boys eran tan poco importantes que ni siquiera se les tenía en cuenta en ninguna franja del abanico electoral chileno.

Todo podría haber acabado aquí, con el Proyecto Chile convertido sólo en una nota a pie de página sin importancia de la historia, pero sucedió algo que rescató de la oscuridad a los Chicago Boys: Richard Nixon fue elegido presidente de Estados Unidos.

Nixon,

“tenía una política exterior creativa y, en general, bastante efectiva”, dijo con entusiasmo Friedman.34

Y en ninguna parte fue más creativa que en Chile.

Fue Nixon quien les daría a los Chicago Boys y a sus profesores algo con lo que siempre habían soñado: una oportunidad de demostrar que su utopía capitalista era más que una teoría de un taller académico de un sótano, una oportunidad para rehacer un país desde cero. La democracia había sido poco hospitalaria con los Chicago Boys en Chile; la dictadura se demostraría mucho más acogedora.

El gobierno de Unidad Popular de Salvador Allende ganó las elecciones de 1970 en Chile con un programa que prometía poner en manos del gobierno grandes sectores de la economía que estaban dirigidos por empresas extranjeras y locales.

Allende pertenecía a una nueva raza de revolucionario latinoamericano: igual que el Che Guevara, era médico, pero a diferencia del Che, también lo parecía, pues su imagen y su traje de tweed lo alejaban de la imagen romántica de la guerrilla. Podía pronunciar discursos tan feroces como los de Fidel Castro, pero era un demócrata convencido que creía que el cambio socialista en Chile debía llegar a través de las urnas, no a través de las armas.

Cuando Nixon se enteró de que habían escogido presidente a Allende, lanzó su famosa orden al director de la CIA, Richard Helms, de que “hiciera chillar a la economía”.35

La elección también resonó con fuerza en el departamento de Economía de la Universidad de Chicago.

Arnold Harberger estaba en Chile cuando ganó Allende. Escribió una carta a sus colegas describiendo el acontecimiento como una “tragedia” e informándoles de que,

“en los círculos de la derecha se plantea en ocasiones la idea de un golpe militar”.36

Aunque Allende se comprometió a negociar indemnizaciones justas para compensar a las empresas que perdían propiedades e inversiones, las multinacionales estadounidenses temían que Allende representara el comienzo de una tendencia general en toda América Latina, y muchas no estaban dispuestas a aceptar perder unos recursos que se habían convertido en una porción importante de sus beneficios.

Hacia 1968, el 20 % del total de inversiones extranjeras de Estados Unidos se dirigían a Latinoamérica y las empresas estadounidenses tenían 5.436 filiales en la región.

Los beneficios que producían estas inversiones eran sobrecogedores. Las empresas mineras habían invertido mil millones de dólares durante los cincuenta años previos en la industria minera chilena – la mayor del mundo – pero a cambio habían enviado a casa 7.200 millones de dólares de beneficios.37

En cuanto Allende ganó las elecciones, e incluso antes de que jurara el cargo, las empresas estadounidenses le declararon la guerra a su administración.

El centro de esta actividad fue el Comité Ad Hoc de Chile, con sede en Washington y formado por las principales empresas mineras estadounidenses con propiedades en Chile, así como por la empresa que, de hecho, lideraba el comité, International Telephone and Telegraph Company (ITT), que poseía el 70 % de la compañía telefónica chilena, que pronto iba a nacionalizarse.

Purina, Bank of America y Pfizer Chemical también enviaron delegados al comité en varias fases de su existencia.

El único propósito del comité era obligar a Allende a desistir de su campaña de nacionalizaciones “enfrentándole con el colapso económico”.38

Tenían muchas ideas sobre cómo causar dolor a Allende. Según las actas de las reuniones que se han hecho públicas, las empresas planeaban bloquear los créditos estadounidenses a Chile y,

“discretamente, hacer que los grandes bancos privados de Estados Unidos hicieran lo mismo. Conferenciar con bancos extranjeros con el mismo objetivo. Evitar comprar productos a Chile durante los próximos seis meses. Utilizar la reserva de cobre de Estados Unidos en lugar de comprar cobre chileno. Provocar una escasez de dólares en Chile”.

Y la lista sigue.39

Allende nombró a su íntimo amigo Orlando Letelier embajador en Washington. Recayó en él la labor de negociar las condiciones de la expropiación con las mismas empresas que conspiraban para sabotear el gobierno de Allende. Letelier, un hombre extrovertido y divertido con el bigote arquetípico de los años setenta y una arrasadora voz de cantante, era una persona muy querida en los círculos diplomáticos.

Su hijo Francisco recuerda con particular alegría los momentos en que su padre tocaba la guitarra y cantaba canciones populares en las fiestas con amigos en su casa de Washington.40

Pero incluso a pesar de todo el encanto y la habilidad de Letelier, las negociaciones nunca tuvieron ninguna posibilidad de éxito.

En marzo de 1972, en medio de la tensa negociación de Letelier con ITT, Jack Anderson, un columnista cuyos artículos estaban sindicados a una serie de periódicos, publicó una explosiva serie de reportajes basados en documentos que demostraban que la compañía telefónica había conspirado en secreto con la CIA y el Departamento de Estado para impedir que Allende jurara el cargo dos años atrás.

Ante aquellas acusaciones, y con Allende todavía en el poder, el Senado de Estados Unidos, controlado por los demócratas, inició una investigación y descubrió un extenso complot en el que ITT había ofrecido un millón de dólares en sobornos a la oposición chilena y,

“había tratado de que la CIA participara en un plan para manipular de forma encubierta el resultado de las elecciones chilenas”.41

El informe del Senado, publicado en junio de 1973, descubrió también que cuando el plan fracasó y Allende llegó al poder, ITT adoptó una nueva estrategia diseñada para asegurarse de que “no se mantuviera en el cargo ni seis meses”.

Lo que más alarmó al Senado fue la relación entre los directivos de ITT y el gobierno de Estados Unidos. A través de los testimonios y documentos obtenidos durante la investigación, quedó claro que ITT participaba directamente en el diseño al más alto nivel de la política estadounidense respecto a Chile.

En un momento dado, un directivo importante de ITT escribió al asesor de Seguridad Nacional, Henry Kissinger, y le sugirió que,

“sin informar al presidente Allende se colocaran en la categoría de “revisándose” todos los fondos de ayuda internacional estadounidense ya asignados a Chile”.

La empresa se tomó además la libertad de preparar una estrategia de dieciocho puntos para la administración Nixon que contenía una petición clara de un golpe de Estado:

“Contacten con fuentes fiables dentro del ejército chileno”, decía, “[…] alimenten y planifiquen su descontento con Allende y luego propongan la necesidad de apartarlo del poder”.42

Cuando el comité del Senado les apretó las tuercas sobre sus desvergonzados intentos de emplear el poder del gobierno de Estados Unidos para subvertir el proceso constitucional chileno sólo para hacer prosperar los propios intereses económicos de ITT, el vicepresidente de la empresa, Ned Gerrity, pareció auténticamente confuso.

“¿Qué hay de malo en preocuparse por el número 1?” preguntó.

El comité contestó en su informe:

“”El número 1″ no debe jugar un papel que no le corresponde en el diseño de la política exterior estadounidense”.43

Aun así, a pesar de los años de implacable juego sucio de Estados Unidos, durante los que ITT fue simplemente el ejemplo más público, en 1973 Allende seguía en el poder.

Ocho millones de dólares invertidos en operaciones secretas no habían conseguido debilitar su popularidad. En las elecciones de mitad de mandato de ese año, el partido de Allende incluso ganó terreno respecto a las elecciones de 1970. Estaba claro que el deseo de un modelo económico distinto no había calado en Chile y que el apoyo a una alternativa socialista ganaba terreno.

Para los opositores de Allende, que llevaban planeando derrocarlo desde el mismo día en que se conocieron los resultados de las elecciones de 1970, eso significaba que sus problemas no iban a solucionarse simplemente librándose de él, pues simplemente le sustituiría algún otro.

Hacía falta un plan más radical.

LECCIONES SOBRE EL CAMBIO DE RÉGIMEN: BRASIL E INDONESIA
Los oponentes de Allende habían estudiado concienzudamente dos posibles modelos de “cambio de régimen”.

Uno era el de Brasil, el otro el de Indonesia. Cuando la junta brasileña, dirigida por el general Humberto Castello Branco y apoyada por Estados Unidos, se hizo con el poder en 1964, el ejército tenía el plan de no sólo revocar los programas favorables a los pobres de Joao Goulart sino de convertir Brasil en un país totalmente abierto a la inversión extranjera.

Al principio los generales brasileños trataron de imponer su programa de un modo relativamente pacífico. No hubo muestras abiertas de brutalidad, no hubo arrestos generalizados, y aunque con posterioridad se descubrió que algunos “subversivos” habían sido brutalmente torturados durante este período, el número fue lo bastante pequeño (y Brasil lo bastante grande) para que los rumores sobre ello casi no pasaran de los muros de las cárceles.

La Junta se esforzó también por mantener ciertos visos de democracia, incluyendo una limitada libertad de prensa y de reunión, por lo que a la toma del poder de los militares se la conoció como el “golpe de los caballeros”.

A finales de la década de 1960 muchos ciudadanos utilizaron esas libertades limitadas para expresar su ira por la pobreza cada vez mayor de Brasil, de la que culpaban al programa económico pro empresarios del gobierno, buena parte de él diseñado por graduados de la Universidad de Chicago.

Hacia 1968 las calles estaban saturadas de manifestaciones anti-junta, las mayores convocadas por los estudiantes, y el régimen estaba en serio peligro.

En un gambito desesperado para mantenerse en el poder, el ejército cambió radicalmente de táctica: se eliminaron por completo los restos de la democracia, se negaron todas las libertades civiles, se recurrió sistemáticamente a la tortura y, según la Comisión de la Verdad que luego se establecería en Brasil,

“los asesinatos ordenados por el Estado se convirtieron en habituales”.44

El golpe de Indonesia en 1965 siguió una ruta muy distinta.

Desde la Segunda Guerra Mundial, el país había sido gobernado por el presidente Sukarno, el Hugo Chávez de aquellos tiempos (aunque desprovisto del gusto de Chávez por las elecciones).

Sukarno irritó a los países ricos con medidas proteccionistas para la economía de Indonesia, redistribuyendo la riqueza y echando al Fondo Monetario Internacional y al Banco Mundial, a los que acusó de ser meras tapaderas de los intereses de las multinacionales occidentales.

Aunque Sukarno era un nacionalista, no un comunista, trabajó muy unido al Partido Comunista, que tenía tres millones de afiliados. Los gobiernos de Estados Unidos y Gran Bretaña estaban decididos a acabar con el gobierno de Sukarno.

Documentos desclasificados muestran que la CIA había recibido órdenes desde los altos escalafones de la administración para,

“liquidar al presidente Sukarno, dependiendo de la situación y de las oportunidades que se presenten”.45

Después de varios intentos fallidos, la oportunidad se presentó en octubre de 1965, cuando el general Suharto, apoyado por la CIA, empezó a hacerse con el poder y a erradicar a la izquierda.

La CIA había compilado en secreto una lista de los principales líderes de la izquierda del país, un documento que acabó en manos de Suharto, mientras que el Pentágono le ayudó suministrándole armas y radios de campaña para que las fuerzas del ejército indonesio pudieran comunicarse en las partes más remotas del archipiélago.

Suharto envió entonces a sus soldados a cazar a los cuatro o cinco mil izquierdistas que aparecían en sus “listas de ejecuciones”, tal y como las llamaba la CIA. La embajada de Estados Unidos recibía regularmente informes sobre los progresos realizados.46

Conforme llegaba la información, la CIA iba tachando nombres de la lista hasta que quedó convencida de que la izquierda indonesia había sido efectivamente erradicada.

Una de las personas que participaron en la operación fue Robert J. Martens, que trabajaba en la embajada estadounidense en Yakarta.

“En realidad fue una enorme ayuda para el ejército”, le contó a la periodista Kathy Kadane veinticinco años después.

“Probablemente mataron a mucha gente, y probablemente yo tenga mucha sangre en mis manos, pero no fue del todo malo. Llega un momento en el que tienes que golpear con fuerza en el instante decisivo”.47

Las listas de ejecuciones cubrían los objetivos específicos a eliminar; las masacres indiscriminadas por las que Suharto se hizo tristemente célebre fueron, en su mayor parte, delegadas a los estudiantes religiosos.

El ejército los entrenó rápidamente y los envió a pueblos con instrucciones del jefe de la marina de “barrer” el campo de comunistas.

“Con alegría – escribió un periodista – llamaban a sus partidarios, se echaban al cinto sus machetes y pistolas, la maza sobre el hombro y embarcaban para cumplir la misión que tanto tiempo llevaban queriendo realizar”.48

En poco más de un mes al menos medio millón y probablemente hasta un millón de personas fueron asesinadas, “masacradas a miles”, según Time.49

En Java Oriental,

“los que han viajado a esas áreas hablan de pequeños ríos y riachuelos literalmente atascados de cadáveres; el transporte fluvial resulta imposible por todas partes”.50

La experiencia Indonesia fue estudiada con mucha atención por los individuos e instituciones que planeaban el derrocamiento de Salvador Allende en Washington y en Santiago.

Lo que resultaba interesante no era sólo la brutalidad de Suharto sino el extraordinario papel que había jugado un grupo de economistas indonesios educados en la Universidad de California en Berkeley, conocidos como la “mafia de Berkeley”. Suharto resultó muy efectivo en la labor de librarse de la izquierda, pero fue la mafia de Berkeley quien preparó el plan económico para el futuro del país.

Los paralelismos con los Chicago Boys eran sorprendentes. La mafia de Berkeley había estudiado en Estados Unidos como parte de un programa que había empezado en 1956 financiado por la Fundación Ford.

También habían vuelto a casa y creado una fiel copia de un Departamento de Economía al estilo occidental en la Facultad de Económicas de la Universidad de Indonesia.

Ford había enviado a profesores estadounidenses a Yakarta para establecer la escuela, igual que los profesores de Chicago habían ido a ayudar al nuevo Departamento de Economía de Santiago.

“Ford creía que estaba formando a los tipos que liderarían el país cuando Sukarno se fuera”, explicó lacónicamente John Howard, entonces director del Programa Internacional Ford de Formación e Investigación.51

Los estudiantes financiados por Ford se convirtieron en los líderes de los grupos de los campus que participaron en el derrocamiento de Sukarno y la mafia de Berkeley trabajó estrechamente con el ejército en los preparativos del golpe, desarrollando “planes de contingencia” por si el gobierno caía de repente.* 52

* No todos los profesores estadounidenses enviados bajo este programa se sintieron cómodos en este papel. “Yo creía que la universidad no debía implicarse en lo que esencialmente estaba convirtiéndose en una rebelión contra el gobierno”, dijo Len Doyle, el profesor de Berkeley que dirigía el programa de formación en economía de Ford en Indonesia. Ese punto de vista hizo que enviaran a Doyle de vuelta a California y le reemplazasen por otra persona.

Estos jóvenes economistas ejercían una enorme influencia en el general Suharto, que no sabía nada de altas finanzas. Según la revista Fortune, la mafia de Berkeley grababa clases de economía en cintas para que Suharto las pudiera escuchar en su casa.53

Cuando se reunían con él personalmente,

“el presidente Suharto no se limitaba a escuchar, sino que tomaba apuntes”, recordó con orgullo un miembro del grupo.54

Otro graduado de Berkeley definió la relación de este modo: nosotros,

“ofrecimos a los líderes del ejército – el elemento crucial del nuevo orden – un “recetario” con soluciones para enfrentarse a los graves problemas económicos de Indonesia. El general Suharto, como comandante en jefe del ejército, no sólo aceptó el recetario sino que quiso que los autores de las recetas se convirtieran en sus asesores económicos”.55

Y así fue.

Suharto llenó su gobierno de miembros de la mafia de Berkeley, entregándoles todos los puestos económicos importantes, incluidos el Ministerio de Comercio y la embajada en Washington.56

Este equipo económico, formado en una escuela mucho menos ideológica, no eran radicales anti-Estado como los Chicago Boys. Creían que el gobierno debía desempeñar un papel en la gestión de la economía nacional de Indonesia, y asegurarse de que los productos básicos como el arroz eran asequibles.

Sin embargo, la mafia de Berkeley fue de lo más generosa con los inversores extranjeros que ansiaban caer sobre las inmensas riquezas minerales y la abundancia petrolífera de Indonesia, descrita por Richard Nixon como el “gran tesoro del Sureste asiático”.* 57

* Curiosamente, Arnold Harberger se convirtió en asesor del Ministerio de Finanzas de Suharto en 1975.

Se aprobaron leyes que permitían a empresas extranjeras el control total de estos recursos, se concedieron “vacaciones fiscales” por doquier y en menos de dos años, las riquezas naturales de Indonesia – el cobre, el níquel, las maderas nobles, el caucho y el petróleo – estaban repartidos entre las multinacionales más importantes de la industria minera y energética mundial.

Para los que planeaban derrocar a Allende justo al mismo tiempo que el programa de Suharto empezaba a funcionar, las experiencias de Brasil e Indonesia resultaban una útil panorámica de contrastes.

Los brasileños habían hecho escaso uso del poder del shock, y habían esperado años antes de mostrar su apetito por lo brutal. Fue un error casi fatal, puesto que sus adversarios tuvieron ocasión de reagruparse y algunos pudieron organizar facciones izquierdistas y guerrillas armadas. Aunque la Junta logró mantener las calles limpias, la creciente oposición actuó como un elemento obstaculizador de sus planes económicos.

Por contra, Suharto había probado que si se empleaba una represión masiva de forma previa, el país caería en un estado de shock que permitiría eliminar toda resistencia aun antes de que cobrara vida.

Utilizó tácticas de terror sin vacilar, más allá de lo imaginable, y logró que un pueblo que apenas unas semanas antes pugnaba por establecer su independencia terminara cediendo, absolutamente aterrado, el control total del gobierno a Suharto y sus verdugos.

Ralph McGehee, director de operaciones de la CIA de alto rango durante los años del golpe militar, dijo que Indonesia era una,

“operación de manual. […] La forma en que Suharto llegó al poder está relacionada con todas las operaciones y golpes sangrientos en los que Washington participó o que activó. El éxito de esa acción implicaba que se repetiría una y otra vez”.58

La otra lección esencial procedente de Indonesia tenía que ver con la alianza previa entre Suharto y la mafia de Berkeley.

Dado que estaban dispuestos a ocupar posiciones “tecnócratas” en el nuevo gobierno y ahora que Suharto ya era un converso, el golpe no sólo eliminó la amenaza nacionalista sino que transformó Indonesia en uno de los lugares más agradables y cómodos para los inversores extranjeros de todo el mundo.

A medida que crecían las tensiones que desencadenarían el golpe militar contra Allende, un escalofriante aviso apareció con pintadas rojas en las calles de Santiago.

“Yakarta se acerca”, decía.

Poco después de resultar elegido Allende, sus oponentes nacionales empezaron a imitar la pauta indonesia con inquietante precisión.

La Universidad Católica, hogar de los Chicago Boys, se convirtió en la zona cero de creación de lo que la CIA denominó “clima de golpe”.59 Muchos estudiantes se afiliaron al frente fascista Patria y Libertad, y desfilaron al paso de oca por las calles de Santiago de Chile en abierta imitación de las Juventudes Hitlerianas.

En septiembre de 1971, tras un año de mandato de Allende, los principales líderes empresariales chilenos celebraron una reunión de emergencia en la ciudad costera de Viña del Mar para desarrollar una estrategia coherente para el cambio de régimen.

Según Orlando Sáenz, presidente de la Sociedad de Fomento Fabril (generosamente financiada por la CIA y por muchas multinacionales afines en Washington), los allí reunidos decidieron que,

“el gobierno de Allende era incompatible con la libertad en Chile y con la existencia de la empresa privada, y que la única forma de evitar el desastre era derrocar al gobierno”.

Los empresarios organizaron una “estructura de guerra”; una parte establecería relaciones con el ejército, y otra sección, según Sáenz, se ocuparía de,

“diseñar programas de gobierno alternativos que se presentarían sistemáticamente a las fuerzas armadas”.60

Sáenz reclutó a varios elementos clave de los Chicago Boys para preparar esos programas alternativos y los instaló en unas dependencias cercanas al palacio presidencial en Santiago.61

El grupo, dirigido por el recién llegado de Chicago Sergio de Castro y por Sergio Undurraga, su colega de la Universidad Católica, empezó a reunirse en secreto con regularidad semanal, para desarrollar detalladas propuestas sobre cómo reconstruir radicalmente la estructura económica del país siguiendo los dictados neoliberales.62

Según una posterior investigación del Senado estadounidense,

“más del 75 % de la financiación de esta organización de investigación de la oposición” procedía directamente de la CIA.63

Durante algún tiempo, la planificación del golpe transcurrió por dos vías paralelas diferenciadas:

los militares conspiraban para exterminar a Allende y a sus seguidores, mientras los economistas se ocupaban de la exterminación de su ideario.

Cuando el clima llegó al punto de ebullición adecuado para una solución violenta, los dos canales abrieron un diálogo coordinado, con Roberto Kelly – un empresario relacionado con el periódico El Mercurio, financiado por la CIA – como el mensajero entre ambas partes.

A través de Kelly, los Chicago Boys enviaron un resumen de cinco páginas de su programa de medidas económicas al almirante de la Marina a cargo del plan militar. Éste dio su aprobación, y a partir de entonces los Chicago Boys trabajaron contrarreloj para tener el programa listo el día del golpe militar.

Su biblia económica, de más de quinientas páginas – un detallado programa que sería la guía de la Junta durante sus primeros días – llegó a conocerse en Chile como “el ladrillo”.

Según un comité del Senado que investigó lo sucedido,

“los colaboradores de la CIA estuvieron implicados en la elaboración de un plan económico inicial que fue la base de las decisiones más importantes de la Junta durante su etapa inicial”.64

Ocho de los diez principales autores del “ladrillo” habían estudiado economía en la Universidad de Chicago.65

Aunque el derrocamiento de Allende fue descrito universalmente como un golpe militar, Orlando Letelier, el embajador de Allende en Washington, lo consideró una colaboración conjunta entre el ejército y los economistas.

“Los “Chicago Boys”, como se les conoce en Chile – escribió Letelier – convencieron a los generales de que podían complementar la brutalidad de éstos con los activos intelectuales de los que carecían”.66

Cuando finalmente se produjo, el golpe de Chile presentó tres formas distintas de shock, una receta que se repetiría en países vecinos y que surgiría de nuevo, tres décadas más tarde, en Irak.

El shock del propio golpe militar fue seguido inmediatamente por dos formas adicionales de choque.

Una de ellas fue el “tratamiento de choque” capitalista marca de la casa Milton Friedman, una técnica que cientos de economistas latinoamericanos habían aprendido durante sus estancias en la Universidad de Chicago y a través de las diversas instituciones y franquicias del método.

El otro fueron las técnicas de shock de Ewen Cameron, la privación sensorial y la aplicación de drogas y otras tácticas, recopiladas ya en el manual Kubark y diseminadas por toda la zona gracias a los amplios programas de entrenamiento de la CIA de los que se habían beneficiado la policía y los estamentos militares latinoamericanos.

Las tres formas de shock convergieron en los cuerpos de los ciudadanos latinoamericanos y en el cuerpo político de la zona, desatando un huracán sin fin de destrucción y reconstrucción mutuamente reforzadas, eliminación y creación, en un ciclo monstruoso.

El choque del golpe militar preparó el terreno de la terapia de shock económica. El shock de las cámaras de tortura y el terror que causaban en el pueblo impedían cualquier oposición frente a la introducción de medidas económicas.

De este laboratorio vivo emergió el primer Estado de la Escuela de Chicago, y la primera victoria de su contrarrevolución global.

NOTAS

Arnold C. Harberger, “Letter to a Younger Generation”, Journal of Applied Economics, vol. 1, n° 1, 1998, pág. 2.

Katherine Anderson y Thomas Skinner, “The Power of Cholee: The Life and Times of Milton Friedman”, emitido en PBS el 29 de enero de 2007.

Jonathan Peterson, “Milton Friedman, 1912 -2006”, Los Angeles Times, 17 de noviembre de 2006.

Frank H. Knight, “The Newer Economics and the Control of Economic Activity”, Journal of Political Economy, vol. 40, n° 4, agosto de 1932, pág. 455.

Daniel Bell, “Models and Reality in Economic Discourse”, en Daniel Bell e Irving Kristol (comps.), The Crisis in Economic Theory, Nueva York, Basic Books, 1981 págs. 57 -58.

Milton Friedman y Rose D. Friedman, Two Lucky People: Memoirs, Chicago University of Chicago Press, 1998, pág. 24.

Larry Kudlow, “The Hand of Friedman”, The Corner web log on the National Review Online, 16 de noviembre de 2006

Friedman y Friedman, Two Lucky People, op. cit., pág. 21.

Milton Friedman, Capitalism and Freedom (1962), reimpr. Chicago, University of Chicago Press, 1982, pág. 15.

Don Patinkin, Essays on and in the Chicago Tradition, Durham, NC, Duke University Press, 1981, pág. 4.

Friedrich A. Hayek, The Road to Serfdom, Chicago, University of Chicago Press, 1944 (trad. cast.: Camino de servidumbre, Madrid, Alianza, 2005).

Entrevista con Arnold Harberger del 3 de octubre de 2000 para Commanding Heights: The Battle for the World Economy [serie de televisión de la PBS], productores ejecutivos Daniel Yergin y Sue Lena Thompson, productor de la serie William Crar. (Boston, Heights Productions, 2002), transcripción íntegra de la entrevista disponible en .

John Maynard Keynes, The End of Laissez -Faire, Londres, L & Virginia Wolf, 1926.

John Maynard Keynes, “From Keynes to Roosevelt: Our Recovery Plan Assayed”, New York Times, 31 de diciembre de 1933.

John Kenneth Galbraith, The Great Crash of 1929 (1954), reimp. Nueva York, Avon, 1979, pág. 168.

John Maynard Keynes, The Economic Consequences of the Peace (1919), reimp. Westminster, Reino Unido, Labour Research Department, 1920, pág. 251 (trad. cast.: Las consecuencias económicas de la paz, Barcelona, Crítica, 2002).

Friedman y Friedman, Two Lucky People, op. cit., pág. 594.

Stephen Kinzer, All the Shah’s Men: An American Coup and the Roots of Middle East Terror, Hoboken, Nueva Jersey, J. Wiley & Sons, 2003, págs. 153 -54; Stephen Kinzer, Overthrow: America’s Century of Regime Change from Hawaii to Iraq, Nueva York, Times Books, 2006, pág. 4.

El lmparcial, 16 de marzo de 1951, citado en Stephen C. Schlesinger, Stephen Kinzer y John H. Coatsworth, Bitter Fruit: The Story of the American Coup in Guatemala, Cambridge, Massachusetts, Harvard University Press, 1999, pág. 52.

Patterson describió a los economistas argentinos y brasileños como economistas “rosa” en una entrevista con Juan Gabriel Valdés. Habló de la necesidad de “cambiar la formación de los hombres” al embajador de Estados Unidos en Chile, Willard Beaulac. Juan Gabriel Valdés, Pinochet’s Economists: The Chicago School in Chile, Cambridge, Cambridge University Press, 1995, págs. 110 -113.

Ibídem, pág. 89.

La cita es de Joseph Grunwald, un economista de la Universidad de Columbia que trabajaba en aquellos tiempos en la Universidad de Chile. Valdés, Pinochet’s Economists, op. cit., pág. 135.

Harberger, “Letter to a Younger Generation”, op. cit., pág. 2.

André Gunder Frank, Economic Genocide in Chile: Monetarist Theory Versus Humanity, Nottingham, Reino Unido, Spokesman Books, 1976, págs. 7 -8.

Kenneth W. Clements, “Larry Sjaastad, The Last Chicagoan”, Journal of International Money and Finance, vol. 24, 2005, págs. 867 -869.

Gunder Frank, Economic Genocide in Chile, op. cit., pág. 8.

Memorando a William Carmichael, a través de Jeffrey Puryear, emitido por James W. Trowbridge, 24 de octubre de 1984, pág. 4, citado en Valdés, Pinochet’s Economists, pág. 194.

Ibídem, pág. 206. Nota a pie de página: “The Rising Risk of Recession”, Time, 19 de diciembre de 1969.

En 1963, el propio De Castro tenía un permiso para marcharse de Santiago para continuar sus estudios en la Universidad de Chicago. Se convirtió en presidente en 1965. Valdés, Pinochet’s Economists, págs. 140 y 165.

Ibídem, 159. La cita procede de Ernesto Fontaine, licenciado de Chicago y profesor de la Universidad Católica de Santiago.

Ibídem, págs. 6 y 13.

Tercer informe a la Universidad Católica de Chile y a la Administración de Cooperación Internacional, agosto de 1957, firmado por Gregg Lewis, Universidad de Chicago, pág. 3, citado en Valdés, Pinochet’s Economists, pág. 132.

Entrevista con Ricardo Lagos celebrada el 19 de enero de 2002 para Commanding Heights: The Battle for the World Economy.

Friedman y Friedman, Two Lucky People, op. cit., pág, 388.

Central Intelligence Agency, Notes on Meeting with the President on Chile, 15 de septiembre de 1970. Desclasificado

“The Last Dope from Chile”, copia firmada “Al H.”, fechada en Santiago el 7 de septiembre de 1970, citado en Valdés, Pinochet’s Economists, págs. 242 -243.

Sue Branford y Bernardo Kucinski, Debt Squads: The U.S., the Banks, and Latin America, Londres, Zed Books, 1988, págs. 40 y 51 -52.

Subcomité sobre Corporaciones Multinacionales, “The International Telephone and Telegraph Company and Chile, 1970 -71”, Report to the Committee on Foreign Relations United States Senate by the Subcommittee on Multinational Corporations, 21 de junio de 1973, pág. 13.

Ibídem, pág. 15.

Francisco Letelier, entrevista, Democracy Now!, 21 de septiembre de 2006.

Subcomité sobre Corporaciones Multinacionales, “The International Telephone and Telegraph Company and Chile, 1970 -71”, op. cit., págs. 4 y 18.

Ibídem, págs. 11 y 15.

Ibídem, pág. 17.

Archidiócesis de Sao Paulo, Torture in Brazil: A Shocking Report on the Pervasive Use of Torture by Brazilian Military Governments, 1964 -1979, Joan Dassin (comp. trad. de Jaime Wright, Austin, University of Texas Press, 1986, pág. 53.

William Blum, Killing Hope: U.S. Military and CIA Interventions Since WWII. Monroe, Maine, Common Courage Press, 1995, pág. 195; “Times Diary: Liquidating Sukarno”, Times (Londres), 8 de agosto de 1986.

Kathy Kadane, “U.S. Officials’ Lists Aided Indonesian Bloodbath in ’60s”. Washington Post, 21 de mayo de 1990.

Kadane publicó primero las listas, basadas en grabaciones on the record con altos cargos de la administración de Estados Unidos destinados en Indonesia en aquellos momentos, en el Washington Post. La información sobre radios y armas aparece en una carta al director escrita por Kadane en The New York Review of Books, 10 de abril de 1997, basada en las mismas entrevistas. Las transcripciones de las entrevistas de Kadane están hoy en el Archivo de Seguridad Nacional de Washington, D.C., Kadane, “U.S. Officials’ Lists Aided Indonesian Bloodbath in ’60s”, op. cit.

John Hughes, Indonesian Upheaval, Nueva York, David McKay Company. Inc., 1967, pág. 132.

La cifra de 500.000 es la más extendida, usada, por ejemplo, por el Washington Post en 1966. El embajador británico en Indonesia estimó la cifra en 400.000, pero informó de que el embajador sueco, que había hecho investigaciones adicionales, consideraba esa cifra “muy por debajo de sus estimaciones”. Algunos elevan la cifra a un millón, aunque la CIA afirmó en un informe de 1968 que 250.000 habían sido asesinados, y lo calificó de “una de las peores masacres del siglo XX”. “Silent Settlement”, Time, 17 de diciembre de 1965; John Pilger, The New Rulers of the World, Londres, Verso, 2002, pág. 34; Kadane, “U.S. Officials’ Lists Aided Indonesian Bloodbath in ’60s”. op. cit.

“Silent Settlement”, op. cit.

David Ransom, “Ford Country: Building an Elite for Indonesia”, en Steve Weissman (comp.), The Trojan Horse: A Radical Look at Foreign Aid, Palo Alto, California, Ramparts Press, 1975, pág. 99.

Nota a pie de página: Ibídem, pág. 100.

Robert Lubar, “Indonesia’s Potholed Road Back”, Fortune, 1 de junio de 1968.

Goenawan Mohamad, Celebrating Indonesia: Fifty Years with the Ford Foundation 1953 -2003, Yakarta, Ford Fundation, 2003, pág. 59.

En el texto original, el autor escribe el nombre del general como Soeharto; lo he cambiado por el más extendido de Suharto por cuestión de coherencia. Mohammad Sadli, “Recollections of My Career”, Bulletin of lndonesian Economic Studies, vol. 29, n°1, abril de 1993, pág. 40.

Los siguientes puestos fueron ocupados por graduados del programa Ford: ministro de Finanzas, ministro de Comercio, presidente de la Junta de Planificación Nacional, vicepresidente de la Junta de Planificación Nacional, secretario general de Marketing e Investigación de Mercado, presidente del Equipo Técnico de Inversiones Extranjeras, secretario general de la Industria y embajador en Washington. Ransom, “Ford Country”, op. cit., pág. 110.

Richard Nixon, “Asia After Vietnam”, Foreign Affairs 46, n° 1, octubre de 1967, pág. 111. Nota a pie de página: Arnold C. Harberger, Curriculum Vitae, noviembre de 2003.

Pilger, The New Rulers of the World, págs. 36 -37.

CIA, “Secret Cable from Headquarters [Blueprint for Fomenting a Coup Climate], September 27, 1970”, en Peter Kornbluh, The Pinochet File: A Declassified Dossier on Atrocity and Accountability, Nueva York, New Press, 2003, págs. 49 -56.

Valdés, Pinochet’s Economists, op. cit., pág. 251.

Ibídem, págs. 248 -249.

Ibídem, pág. 250.

Comité Selecto para el Estudio de las Operaciones Gubernamentales relativas a las Actividades de Inteligencia, Senado de Estados Unidos, Covert Action in Chile 1963 -1973, Washington, D.C., U.S. Government Printing Office, 18 de diciembre de 1975, pág. 30.

Ibídem, pág. 40.

Eduardo Silva, The State and Capital in Chile: Business Elites, Technocrats, and Market Economics, Boulder, Colorado: Westview Press, 1996, pág. 74.

Orlando Letelier, “The Chicago Boys in Chile: Economic Freedom’s Awful Toll”, The Nation, 28 de agosto de 1976.

Fuente:bibliotecapleyades.net

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Médico que practicaba casi todas las Medicinas,recién jubilado,con aficiones múltiples(algunas reflejadas por lo expuesto en el blog).En la Primavera austral me traslado a vivir a la Patagonia chilena. Mi único y gran interés ha sido,es y será intentar ser "un solucionador" de problemas tanto a nivel personal como profesional. Ver todas las entradas de radiosappo

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